Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» El ángel, de Graciela Beatriz Cabal. Ilustración de Pez


Cuando llegó el ángel, las brujas de la casa se escondieron en los agujeros del colador de fideos, que desde ese momento pasó a usarse como maceta.

Cuando llegó el ángel, el televisor se descompuso todos los días, justo a la hora de comer, y se arregló todos los días, justo a la hora de la novela y de los dibujitos.

Cuando llegó el ángel, los cuadros se enderezaron solos, las lámparas iluminaron el doble, y las ollas y sartenes quisieron brillar igual que la plata.

Cuando llegó el ángel, a los chicos se les fueron los piojos, a los rosales se les fueron los pulgones y a los perros no se les fueron las pulgas (los perros están muy encariñados con sus pulgas).

Cuando llegó el ángel, desapareció el olor a humedad y a remedio. (El olor a guiso y a pis de gato no desapareció, porque a los ángeles les encanta el olor a guiso y a pis de gato).

Cuando llegó el ángel, las canillas se negaron a seguir goteando. Y el teléfono se puso a sonar. Y el calefón calentó el agua sin meter tanto batifondo. Y, por primera vez en la vida, el reloj acertó a dar la hora.

Cuando llegó el ángel, se recibieron cartas y se mandaron cartas. Y se volvieron a festejar los aniversarios de casamientos y los cumpleaños (hasta los no-aniversarios de casamiento y los no-cumpleaños se festejaron).

Cuando llegó el ángel, florecieron los malvones, los alelíes y el gomero de la terraza (cosa de no creer). Y se escaparon las cotorras, la reina mora y el brasita de fuego. (La tortuga prefirió no escaparse, porque, pensó, adónde iba a ir).

Cuando llegó el ángel, nadie se olvidó de cerrar bien los cajones y las puertas de los muebles. Ni de tapar la azucarera. Ni de regar el árbol de la calle. Ni de lavarse las propias medias. (De lo que todos pero todos se olvidaron por completo fue de lavar las medias ajenas).

Cuando llegó el ángel, los chicos y los grandes se dijeron "permiso" y "gracias, corazón de mi vida" y "que tengas suerte", como si no fueran de la misma familia.

Muchas cosas maravillosas pasan en la casa de uno cuando llega el ángel.

Por eso siempre conviene dejar la ventana abierta.




FIN




Doña Martina y otros relatos
Autora: Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de PEZ
Editorial: Alfaguara infantil - Serie naranja


Este libro reúne siete relatos de Graciela Beatriz Cabal. Algunos de ellos, como "Doña Martina" (1993) y "Las dos tortugas" (1990), forman parte de sus reconocidos cuentos infantiles. Otros, en cambio, se presentan en un libro por primera vez. En ellos habitan personajes de la historia, de la literatura y de la vida cotidiana; suceden actos heroicos y episodios singulares. Promueven la reflexión, emocionan y también hacen reír. (Contratapa)


Contenido:

El ángel;
Doña Martina;
Las dos tortugas;
Brigidita;
La risa de los gatos;
El accidente;
Blancanieves.



Fuente consultada:
Publicación: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010
Título: El ángel / Graciela Cabal. Publicación original: Buenos Aires, Alfaguara
Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Doña Martina y Otros Relatos, Buenos Aires, Alfaguara, pp. 7-9

http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-angel--1/

Cuento» Barbapedro, de Graciela Cabal, con ilustraciones de Pez.


Barbapedro era mi tío marinero.

Cuando yo lo conocí, Barbapedro vivía en un viejo barco de carga, allí en el Riachuelo.

Vivía solo. Bueno, solo es un decir. Vivía con un gato montés rengo y casi ciego, un gallito pintado que comía con servilleta, un mono que tomaba mate cocido en jarro de lata y muchos, muchísimos pájaros.

Cuando mi tío pasaba, siempre vestido de negro, con su barba enrulada y sus pelos larguísimos al viento, la gente de La Boca se codeaba con disimulo y se hablaba en la oreja.

Pero mi tío bajaba a tierra muy de cuando en cuando.

—La tierra me da calambres. Los malditos me mueven el piso —decía mi tío mientras volvía tambaleándose a su barco.




—¿Quiénes son los malditos, tío? —preguntaba yo.

Para qué. Mi tío Barbapedro nunca contestaba. El no era como otras personas a las que uno les pregunta "¿Qué hora es?" y contestan, por ejemplo, "Las ocho y media", o "Las cinco y cuarto". No, señor. El solamente hablaba de lo que le daba la gana.

A veces estaba días sin abrir la boca. Otras veces hablaba y hablaba y me contaba historias maravillosas de barcos hundidos, de tormentas terribles, de monstruos del mar.

Con los animales sí que hablaba:

—¿Le anda doliendo la patita? Bueno, bueno, ya se la vamos a arreglar... Y a usted, ¿qué bicho le picó que anda tan triste?

Porque la gente de La Boca, aunque lo miraba de reojo a mi tío, sabía que era el mejor en eso de curar animales enfermos. Por eso se los llevaba.

Un día en que ya no quedaba en el barco ni un poquito de yerba ni un grano de alpiste, mi tío Barbapedro quiso bajar a tierra.

Apenas puso el pie en la tabla para empezar a cruzar, pegó un grito espantoso:

—¡Los malditos me quitan el aire! —y se metió en el barco para siempre.

Mi tío Barbapedro sabía darse todos los gustos.

Si un día se levantaba con ganas decía:

—Me parece que hoy es Año Nuevo.

Entonces ponía el barco de punta en blanco, todo adornado con banderitas de colores y, por unos días, nadie les veía el pelo ni a mi tío ni al barco.

Como trabajador, era trabajador mi tío Barbapedro.

En un barco siempre hay mucho para hacer, ni qué decir con tanto bicho.

Y había que verlo a mi tío cuando se armaba alguna gresca entre los animales:

—¿A qué viene el alboroto, caracho? Usted y usted, ¿andan con ganas de un remojón?


Cada tanto yo me sentía un poco triste. Un día me animé y le dije:

—Tío, ¿me deja traer un amigo del barrio, que lo quiere conocer?

Como siempre, mi tío no me contestó nada.

Entonces yo pensé que sí me dejaba y lo traje a mi amigo.

Cuando mi tío sacó el mate y la pava, nosotros nos acercamos un banquito.

Mi tío le echó al mate cascarita de naranja y después nos miró con unos ojos tan serios que mi amigo se apretó contra mí.

—Tranquilo —le dije a mi amigo.

Entonces mi tío empezó a contar:




—Cuando mi papá vino de Génova, sólo traía tres monedas de oro en la mano...

Y así siguió y siguió hasta que empezó a hacerse de noche.

Mi amigo se levantó y se fue. Tan entusiasmado estaba mi tío, que ni cuenta se dio...

No sé bien cómo pasó, pero poco a poco todos los chicos de La Boca se tomaron la costumbre de ir a oír los cuentos de mi tío.

A veces se venían con algún pájaro lastimado o con algún cachorro que nadie quería...




Mi tío Barbapedro ya era bastante famoso. Hasta gente de otros barrios venía a traerle sus animalitos enfermos.
Señoras perfumadas y señores con chaleco que bajaban de coches brillantes.

Eso sí, mi tío no ponía un pie fuera del barco ni, por supuesto, contestaba preguntas.

Algunos, cuando lo veían, se tapaban la boca con la mano y se iban corriendo. Otros se reían.

La cuestión es que, como muchos no volvían nunca a buscar sus animales, el barco se llenó de tal manera que ya ni caminar tranquilo se podía.

Una noche lo noté raro a mi tío. Dos o tres veces, mientras nos contaba los cuentos, se quedó en silencio, mirándonos a uno por uno con los ojos como cansados.

Pero lo más extraordinario sucedió después, cuando los chicos se fueron y nos quedamos solos.

Entonces yo, de puro distraído, le pregunté sin darme cuenta:

—¿Le pasa algo, tío?

Mi tío Barbapedro, tocándome la cabeza, me dijo:

—Nada, Barbangelito, me siento muy bien hoy... Vaya, vaya a dormir...

No lo podía creer. Por primera vez en la vida, mi tío me había contestado y —lo más extraño— ¡me había llamado por mi nombre!

Mi tío empezó a encender todas las luces del barco y yo me fui para mi casa.

Caminé por la costa. Al darme vuelta, como hacía siempre, pensé que nunca había visto el barco tan iluminado, ni en Año Nuevo...

Parecía una estrella el barco.

Esa noche no pude dormir.

A la mañana siguiente, bien temprano, me fui para el río.

No me sorprendí. Sabía que el barco ya no estaba.

—Va a volver. Uno de estos días va a volver —decía la gente de La Boca.

Pero yo sabía que mi tío Barbapedro se había perdido para siempre en el río.



FIN


Título: Barbapedro y otras personas
Autora: Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones: Pez
Fecha de publicación: 1997
Alfaguara infantil. Naranja
Sugerido a partir de los 10 años.


Resumen :
Barbapedro fue un famoso marinero de la Boca. Pero un día decidió marcharse...
En este libro, podrán conocerlo a él y a otros singulares personajes, como una perra poco educada y un gato que quiere ser conejo.

Índice :

• Barbapedro..... 13

• Gualberto..... 21

• La Lilí de San Cristóbal..... 37
• La Lilí tiene un complejo..... 39
• Un maestro para la Lilí..... 53

• Horacio..... 75


Fuente consultada:
Publicación: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010
Título: Barbapedro / Graciela Cabal
Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Barbapedro y otras personas, Buenos Aires, Alfaguara, 1997, pp. 13-20.

http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5h812



En el barrio de San Cristóbal era cosa sabida: Flor, la gatita de tres colores, era una gatita muy de su casa.

—¡Nada de andar por ahí, callejeando! ¡Mirá que se va a enterar tu padre! —le repetía su mamá.


Pero no era necesario. Porque a Florecida, la calle... ni fu ni fa. Además ella a su papá no le tenía miedo. Entre otras cosas porque apenas si lo había visto una que otra vez. Sabía, eso sí, que su papá era un gato muy renombrado y muy valiente, que se había animado a entrar a la Casa el día que Florcita nació y que le había traído de regalo una lauchita a cuerda. "Vengo a ver a mi hija", dicen que dijo aquella noche, mientras asomaba su enorme cabezota amarilla por la puerta del patio.

Pero esa era historia pasada.

La cuestión es que Florcita a su papá no le tenía ni un poquito de miedo.

"Pero, por otra parte", pensaba Florcita, "¿para qué voy a ir a la calle? ¿En la Casa no tengo todos los días mi leche tibia? ¿No tengo mi almohadón peludo, justo al lado de la ventana? Y sobre todo, ¿en la Casa no la tengo a mi mamá? Sí señor: Todo lo que necesito en la vida lo tengo en la Casa".

Cacique era un gato callejero. El más bravo de todos los gatos bravos del mercado de Pichincha.

Por algo era Cacique, el Jefe.

Y aunque Cacique era blanco, y aunque jamás hablara de su vida privada, se sabía de buena fuente que era hijo del Viudo, un gato negro y pendenciero que había llegado del Parque de los Patricios.


—¡De tal palo, tal astilla! —decían las gatas cuando lo veían pasar a Cacique, rengo y magullado, después de alguna gresca.

Cacique comía salteado y ya ni se acordaba del gusto de la leche.

Pero eso a él lo tenía sin cuidado.

Porque Cacique no había nacido para la vida regalada.

El había nacido para el peligro y la aventura.

Y el peligro y la aventura sólo se encuentran en la calle.


Estaba escrito que, tarde o temprano, Cacique y Flor se conocerían. Porque a Cacique le gustaba recorrer, una y otra vez, las calles del barrio.

Y porque Florcita se pasaba las horas mirando por la ventana de la casa.

Fue un amor a primera vista, un verdadero flechazo.


Y los amores a primera vista –dicen– cambian mucho la vida de los gatos.

Florcita ya no se interesaba por su laucha a cuerda.

—¡Quiero ver una laucha de verdad! —le había gritado a su mamá, que la miró asustada.


Florcita ya no se conformaba con mirar la calle desde la ventana.

Y cada día tenía los ojos más verdes y más brillantes.

Es que, ya se sabe: el amor envalentona mucho a las gatitas de su casa.


Cacique también andaba con el paso cambiado.

Ya no encontraba ninguna diversión en perseguir a los gatos del baldío.

Ya no le gustaba revolver los tachos de la basura.

Y varias veces, casi sin darse cuenta, había ronroneado mientras se restregaba contra las piernas de Don Victorio, el carnicero.


Los gatos del mercado Pichincha lo miraban de reojo a Cacique. Y hacían sus comentarios entre dientes.

Es que, ya se sabe: el amor les cambia el paso a los gatos callejeros.

Un día el mercado de Pichincha se conmovió con la noticia: esa misma noche, Sultán y su pandilla vendrían al barrio, a buscar pelea.

¡¡Sultán!! ¡¡El gran Sultán, el rey del Once!!

Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los gatos del mercado.

De todos menos de Cacique, que últimamente siempre andaba como en otra cosa.

Los gatos del mercado se miraron muy preocupados. "¡Qué papelón!", se decían unos a otros. "Justo ahora que el Jefe anda más blandito que un flan".

"Qué van a decir, cuando se enteren, los gatos de Constitución... ¿Y los de la Boca?"

Cuando Sultán y su pandilla llegaron al mercado, todo el gaterío de San Cristóbal se acomodó para no perderse ni un detalle.


Entonces Sultán, que era un gato bastante leído y con pretensiones de actor, alzó bien la voz, como para que todos lo oyeran, y recitó:

—¡Andan por ahí diciendo que en San Cristóbal hay uno con fama de guapo!

(Todos lo miraron, pero Cacique ni miau).

Y Sultán siguió adelante:

—¡Quiero encontrarlo para que me enseñe a mí, que soy un pobre gato del Once, lo que es un gato de coraje!

Cuando Cacique se dio cuenta de que todos lo miraban a él, como esperando algo, se quedó un rato sin saber qué hacer. Hasta que, de repente, pareció reaccionar y, acercándose a Sultán con la pata extendida, le dijo:

—¡Buenas noches, compañero! ¡Bienvenido al barrio!

Ante semejante recibimiento, el gran Sultán, muy sorprendido, preguntó con su voz de todos los días:

—¿Y a éste, que bicho le picó?

Los gatos de San Cristóbal se tapaban la cara de vergüenza, mientras que los gatos del Once, sin poder aguantar la risa, lo miraban a Cacique y le hacían morisquetas.

Pero uno de San Cristóbal, al que le decían el Tuerto, no soportó tanta humillación y quiso salir en defensa del barrio:

—¡Digan que el Cacique anda en amores, que si no, ya iban a ver lo que es bueno!

Para qué habrá hablado.

Los del Once rodaban por el suelo de la risa. Y uno de los que más se reía era el gran Sultán.

—¡Jua, jua, jua! ¡Así que éste era el famoso Cacique! ¡Jua, jua, jua! ¡Y todo por una gatita de mala muerte! ¡Si gatitas es lo que sobra en este mundo! ¡Díganmelo a mí, que tengo 34 hijas mujeres! ¡Jua, jua, jua!

Pero la risa se le cortó de repente.

Porque, abriéndose paso entre todos esos gatos peligrosísimos, despeinada y con los ojos más brillantes que nunca, avanzaba Flor, la gatita tan de su casa, que venía a rescatar a su Cacique de las garras del malvado gato del Once.

Sultán se erizó como si hubiera visto al Gato-Diablo. Pero después empezó a derretirse como un helado.

—¿A ver, papá! —se encrespó Florcita. Y los ojos, de la rabia, eran apenas dos rayitas verdes —¿Me podés aclarar qué tenés contra el Cacique, vos?

—¡Pero Florcita! ¡Mi hijita preferida!

¡Corazoncito de papá...!

Los gatos de San Cristóbal y los gatos del Once se miraron con desconsuelo.

—¡Es que ya no se puede creer en nada —se decían moviendo la cabeza. —¡Gatos, lo que se dice gatos eran los de antes!

Y enfilaron todos juntos para el lado de Barracas.

Cacique y Flor empezaron a caminar despacito. Iban muy juntos y con las colas bien amarradas.

Un poco atrás venía Sultán. ¡Quién sabe qué ideas le daban vueltas y vueltas en su enorme cabezota amarilla!




FIN



© Graciela Beatriz Cabal
© 2005, herederos de Graciela Beatriz Cabal
© 2005, 2015, Ediciones Santillana S.A.
© De esta edición: 2015, Ediciones Santillana S.A.



Gatos eran los de antes
Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de Eugenia Nobati y Luciana Fernández.
Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2005. Colección Alfaguara Infantil; Serie Amarilla. (Pequeños lectores.)

"Florcita es una gatita de su casa. Cacique es un gato de la calle. Hasta que se conocen y se enamoran. A partir de ese momento, cambian muchas cosas en sus vidas y en la de todo el gaterío de San Cristóbal. Una historia inolvidable para reír y reflexionar en familia." (Texto extraído de la contratapa del libro.)


Visto y leído en:

http://www.loqueleo.com/ar/libro/gatos-eran-los-de-antes
http://bichosbolita.blogspot.com.ar/
http://megafauna.com.ar/sam/gato2.htm
http://www.eldiariodecoahuila.com.mx/ninos/2015/11/8/gatos-eran-antes-541685.html



Allá en el norte de nuestro país, junto a las altas y escarpadas montañas, y hace tantísimos años que ya nadie recuerda cuántos, vivía una jovencita linda como una flor.

Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos del lugar suspiraban por ella, con unos suspiros que, de tan fuertes, hacían mover las copas de los árboles.

Los más atrevidos, al verla pasar -con esas trenzas negras y brillantes y esos ojos profundos- no podían dejar de decir, por lo bajo:

–Adiós mi florcita de la montaña…

Había uno, al que llamaban el Cóndor, que siempre se quedaba callado, pero la miraba a la niña de una manera que ella tenía que bajar la cabeza.

Y aunque el Cóndor era el joven más fuerte y bien plantado del pueblo, Flor (como ya le decían todos) no quería saber nada con él. Porque era un bravucón y un pendenciero, y porque siempre andaba por ahí, alardeando de las muchas novias que tenía.

Además había otro motivo verdaderamente más importante; el corazón de Flor ya tenía dueño (aunque eso, tan sólo ella lo sabía).

Kenti -que así se llamaba el afortunado- no era lo que se dice un buen mozo. Más bien era -a qué negarlo- feo y debilucho. Un hombrecito gris e insignificante, una poquita cosa.

Pero el amor -como decía mi abuela y la abuela de mi abuela- es ciego. Y para Flor no había hombre más hermoso, más magnífico, más deslumbrante que su Kenti.

El joven -y en esto no hay nada de extraordinario- también la quería a Flor. Con una pasión loca la quería. Más que a su propia vida. Pero nunca jamás se había animado a decírselo. Porque… ¿qué derecho tenía él, que era menos que nadie, a que lo quisiera la muchacha más hermosa y más buena del mundo? ¿Eh?

Hasta que un día, Flor y Kenti se encontraron de improviso en una vuelta del camino. Y se miraron de frente, a los ojos…

Desde ese momento, el pequeño hombrecito gris y la esplendorosa Flor de la montaña fueron lo que se dice el uno para el otro.

En el pueblo nadie lo podía creer.

-Miralo vos, el mosquita muerta ése.

Bien guardado que se lo tenía el muy falso -decían entre aspavientos los chismosos que nunca faltan.

Pero otros, más entendidos en cosas de la vida, opinaban, moviendo la cabeza:

-Algo le habrá visto la Flor a Kenti… ¡Uno nunca sabe!

El que estaba tan furioso que se lo llevaban los vientos era Cóndor.

-¡Hacerme esto a mí, justamente a mí! -decía entre gruñidos-. ¡Ese mequetrefe esmirriado no tiene idea de con quién se metió! En cuanto a ella -agregaba con ojos sombríos-, me la llevo… ¡Si no es por las buenas va a tener que ser por las malas!

Tan seguro estaba de lo que decía, que empezó a preparar su casa, allá en lo más alto de la montaña, para llevársela a Flor.
Y no dejaba de repetir una y otra vez con una voz que metía miedo:

-¡Ya le voy a bajar los humos a esa cocorita! ¡Faltaba más!

Claro que Flor y Kenti estaban más allá de chismorreos y amenazas.

Y Kenti ya no era el poquita cosa que todos habían conocido.
Ahora se sentía fuerte e invencible y hasta -¿por qué no decirlo?- hermoso. (Dicen que es así como uno se siente cuando alguien lo quiere de verdad.)

Pero un negro día todo cambió.

Fue el negro día que Cóndor, loco de celos, robó a la bella Flor.
Y con ella en brazos, desvanecida de dolor, empezó a trepar la escarpada montaña, rumbo a su casa.

Cuentan los más viejos -y así te lo cuento yo- que a medida que iba subiendo, el apuesto joven se transformaba en un ave de aspecto temible, negro plumaje y pico encorvado.

Cuentan que el ave echó a volar, sosteniendo a Flor entre sus garras, y que llegó hasta la cumbre más alta de la más alta montaña, donde, en una grieta, depositó a la pobre niña.

Cuando Kenti se enteró de lo ocurrido creyó morir.
Desesperado, tomó una lanza, y aunque estaba lleno de rabia y de coraje se dio cuenta de que era poco lo que podía hacer. Así que decidió pedir ayuda.

¿Y a quién iba a pedir ayuda Kenti si no era a la Pachamama, la Gran Madre que cuida los destinos de sus hijos?

A la Pachamama le gustó mucho el pequeño hombrecito valeroso y enamorado. Y para ayudarlo lo transformó en ave: una avecita gris, de pico largo y fino como minúscula lanza.

-Ahora a encontrar a tu Flor -le dijo la Gran Madre mientras lo sostenía en su enorme mano extendida. Y después le dio un soplido, que quiso ser suave, pero con semejante bocaza…

Kenti voló y voló hacia arriba, tan rápido que las alas apenas si se le veían.

Cuando llegó a la cumbre más alta de la más alta montaña, encontró a la niña, todavía sin sentido, en la grieta estrecha y tenebrosa.

Desesperado, Kenti volaba a su alrededor, abanicándola con sus pequeñísimas alas, rozándole apenas los labios, acariciando sus trenzas…

Flor finalmente despertó, y al hacerlo lanzó un grito de horror.

¿Cómo, de qué manera había llegado hasta allí?

Revoloteando, Kenti trataba de hacerse entender. Y Flor lo reconoció (Porque parece ser que los enamorados siempre se reconocen, aun en las más extrañas circunstancias.)

Al principio, Flor se alegró muchísimo, pero después se puso a llorar a los gritos.

¡Aunque ahora estaban juntos ella jamás sería capaz de bajar de esas alturas! Sólo un ser alado podría ayudarla… ¡Y Kenti era tan pequeño…!

Pero el enamorado no se dio por vencido. Y dirigiéndose a las flores, a las rocas, al viento, al río, a la tierra, clamó pidiendo ayuda:

-¡¡Por favor, por favor!! ¡Necesito ayuda para salvar a mi novia!

-¿Quién es esa avecita gris tan insignificante que anda metiendo barullo?- preguntaron las flores- Si por lo menos llevara nuestros colores podríamos hacer un esfuerzo y entender lo que pide… Pero con ese horrible color seguramente que no tiene nada importante que decir.

-¿Qué es lo que le pasa a ese minúsculo pajarito gris? -preguntaron las rocas al viento.

-No sé ni me importa -rugió el viento-. Siempre desconfié de las cosas grises, de chiquito nomás.

-Yo sé lo que dice -gritó el río-. Es un enamorado que pide ayuda para salvar a su novia…

-¿Enamorado? -la voz de la tierra sonó desconfiada-. No lo creo. Tengo entendido que los enamorados llevan un arco iris en el lugar del corazón. Y ese bichito gris -agregó desdeñosa-, evidentemente no tiene ningún arco iris en ninguna parte.

-¡¡Por favor, ayúdenme!! -seguía gritando Kenti mientras volaba enloquecido de un lado al otro.

-¡Que nos muestre los colores del arco iris y entonces lo ayudaremos! -dijeron las flores que ya estaban empezando a ablandarse.

-Nosotras también -afirmaron las rocas después de consultarse con la mirada (aunque parecían duras e inflexibles, también ellas tenían su corazoncito.)

-Y nosotros, por supuesto -dijeron el río y la tierra, que nunca querían ser menos.

El viento, que era un comedido, llevó el mensaje a Kenti.

De nuevo el avecita voló y voló en busca de la Pachamama.

-Gran Madre -le dijo-, vos que sos poderosa… ¡dame los colores del arco iris y así podré salvar a mi novia!

-Sea -dijo la Pachamama, que en general era de pocas palabras.

Y con su manaza gigantesca cubrió el cuerpo tembloroso, que en ese mismo momento se tiñó con los colores más espléndidos y brillantes del arco iris.

Como una joya alada, Kenti ascendió por el aire, tan velozmente que sus alitas multicolores apenas se distinguían. Y mientras subía iba gritando:

-¡Mírenme ahora! ¿Tengo o no tengo el color de los enamorados? ¿Eh?

-¿Quién lo duda? -dijo la tierra- Eso cualquiera lo puede ver…

-Hechos y no palabras -saltaron las rocas, mientras en medio de un estruendo infernal se iban acomodando para formar una gigantesca escalera.

-Para que no se lastimen los piecitos de la novia -susurraron las flores, entretejiéndose en una alfombra perfumada y colorida que cubrió los inmensos escalones.

-No tengas miedo de caerte, linda -rugió el viento que, sopla aquí, sopla allá, había fabricado una apretada red de lianas y enredaderas.

Entonces Flor, conducida por Kenti, empezó a bajar la escalera.

Al llegar al río, que corría caudaloso y en cascadas, los dos se detuvieron.

-Tranquila, Flor -dijo el río. Y se agachó, manso como un corderito.

-Un puente, aquí hace falta un puente -dijo la tierra.

Y en menos de lo que canta un gallo construyó uno, fuerte y seguro, que atravesó el río.

Con paso cada vez más firma, Flor seguía adelante. ¡Dentro de poco estaría junto a los suyos! Y eso gracias a Kenti…

De pronto la niña lanzó un grito.

Cóndor, el temible Cóndor, volaba hacia ella, rápido como una flecha, con las garras preparadas para llevársela de nuevo a las alturas. Pero la Pachamama, que había tenido un mal presentimiento mientras dormía la siesta, se apareció de repente.

-Éste ya me cansó -pensó mirándolo al Cóndor de reojo. (Después de todo la Pachamama también puede perder la paciencia.)

Y parece que el Cóndor le leyó los pensamientos a la Gran Madre, porque calladito y con las plumas por el suelo, pegó media vuelta y se fue como había venido.

Entonces la Pachamama la miró a Flor. Y después lo miró a Kenti, que apenas tenía la altura del dedo meñique de su novia.
No se sabe bien qué fue lo que se le cruzó por la cabeza a la Pachamama. Lo cierto es que con gesto preocupado lanzó aquella famosa frase:

-¡Esto así no va!

Y tomando a la muchacha en su enorme manaza, la fue achicando de a poquito (la verdad que la pobre chica no ganaba para sustos), hasta que la dejó convertida en una Flor pequeña, colorida y fragante, justito justito para alguien como Kenti, el picaflor.

-Ahora sí -se sonrió la Pachamama-. Nunca nadie los podrá separar.

Y se fue con paso cachaciento, a seguir durmiendo la siesta.



FIN



Cuentos de miedo, de amor y de risa
Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de Alicia Charré, Catalina Chervin, Marcelo Elizalde, Nora Hilb y Sanyú.
Buenos Aires, Aique Grupo Editor, 2001. (Desde los 8 años)


"El reloj de plata con extraña inscripción, un arpa de diamantes que cabe justo en el hueco de la mano, las trenzas rojas de una novia tristísima, las trenzas rubias de una bella pulpera... ¿Nada más? Sí: también hay misteriosos tañidos que llegan del mar y campanas que enloquecen cuando sopla el viento norte y tesoros ocultos en la arena y piratas locos y puñales y reflejos de puñales en las noches perfumadas de Barracas... Y hay palacios encantados y casas como paraísos y fantasmas de capa, sombrero y perro de largo hocico, y niñas casaderas que rabian contra San Antonio y pobrecitos lobizones que hacen reír y monstruos espantosos de enormes ojazos y patitas cortas, y cacatúas en jaula de oro... Y está la Pachamama y Kenti, el pequeño enamorado, y Tokwaj, haciendo de las suyas...

"Un libro de maravillas donde se mezclan el miedo, la risa y el amor. Igualito que en la vida..."
"Los relatos de este libro están basados en tradiciones orales, pero muy elaboradas en forma de cuentos."
"Casi siempre la tradición es apenas el elemento disparador."
"Me valí de tradiciones poco conocidas, urbanas, familiares, recogidas en forma personal. También me documenté, revisé diarios y revistas, vi gente. Y traté de abarcar distintas zonas de nuestro país y distintas épocas."
"Los cuentos tienen el tono del lenguaje oral, de historia contada junto al fuego, con sus giros, refranes, modismos, repeticiones. Pero no es que me lo haya propuesto: me salen así. (A mí los cuentos me suenan primero en la oreja y recién entonces puedo escribirlos)"
Graciela Cabal

El libro contiene los siguientes cuentos:

• La leyenda del yuchán
• Una historia de amor
• Las campanas de la Roseswells
• La pulpera de Santa Lucía
• Gualicho
• San Antonio, el casamentero
• La Capilla del Diablo
• El palacio encantado
• ¡Cuidado con el basilisco!
• Pobrecito, el aguará...
• Fantasmas en "El Paraíso"

(Textos extraídos de la contratapa y del interior del libro)


Visto y leído en:

La página de Zapam Zucum
https://zapamzucum.wordpress.com/2012/09/23/una-historia-de-amor/
IMAGINARIA N° 63 | LIBROS RECIBIDOS | 31 de octubre de 2001
http://www.imaginaria.com.ar/06/3/recibidos.htm



3

La máquina de escribir


Son las siete de la tarde.

Las nenas, tomando baños de vapor.

Pablo, escribiendo su pared con marcadores.

El puchero, derramándose de la olla.

Los pañales, en el tendedero de la cocina.

La mesa, ocupada con las galeras de Sueños y realidades, que debo entregar mañana.

Lili, comiéndose mis pantuflas.

Daniel, ausente.

Mi novela, durmiendo su sueño eterno en el cajón.

Son las siete de la tarde.

Hora de pensar en el divorcio.


Todos los días, a las siete de la tarde, pienso en el divorcio.

Suena el teléfono. Es Daniel, desde las ruinas de Palenque.

—¡Te encantaría esto! —dice, entusiasmado—. Cada cosa que veo pienso: "Cuánto le gustaría a Graciela". ¿Cómo están los chicos?

Yo alejo el tubo de la horquilla del teléfono, y lo dejo caer. Fallé. Seguro que el aparato se rompió.

No, no se rompió. De nuevo suena el timbre.

—¡Qué me haces! —grita Daniel—. ¡Con lo que cuesta comunicarse desde México!

Dejó caer el tubo.

—¿Quién era? —dice Pablo.

—Un equivocado...

—Tengo que recortar veinticinco palabras con güe, güi.

—En toda la lengua española no existen veinticinco palabras con güe, güi —digo yo en voz baja.

—¿Qué cosa?

—Que traigas la pila de revistas de abajo de mi cama.

—Estoy descalzo. Y el otro día encontré una cucaracha muerta.

Una de las chicas aulla desde el baño.

Dice algo ininteligible que Pablo traduce.

—¡Es Bettina! ¡Dice que se comió el jabón!

Corro a llamar a Emergencias del Hospital de Niños. El teléfono no anda (seguro que rompí la horquilla).

—¡El jabón del perro! —aclara Pablo con satisfacción—. Ahora se va a morir. ¿No es cierto, ma, que se va a morir?

Me asomo a la ventana y llamo a Mirta.

—¡Comunícate con Emergencias que Bettina se comió el jabón! —grito desde abajo.

—¡Me lo cortaron al teléfono! —grita Mirta desde arriba—. ¡Pero no pasa nada: dice doña María que el jabón, sobre todo el Manuelita, es buenísimo para la lombriz solitaria!

—¡El jabón para matar las pulgas, que es veneno puro, se comió! —grito desde abajo.

—¡Voy a un teléfono público! —grita Mirta.

—Cuando se muera la Bettina, ¿a quién le tocan los juguetes de ella? —pregunta Pablo.

—A Julieta —contesto yo sin saber lo que digo.

En Emergencias le dicen a Mirta que llevemos inmediatamente a la nena. Y que cómo dejamos el jabón del perro al alcance de un niño.

Pablo se ríe bajito.

—Y vos de qué te reís —digo yo, mientras trato de vestir a las nenas, que se retuercen y lloran.

—No te digo, porque te vas a enojar.

—No me enojo, decime.

—La Bettina no se comió el jabón del perro —dice Pablo muerto de risa.

Sí me enojo. Muchísimo me enojo.

Mirta, que me está arreglando el teléfono con una cinta plástica, se pone contenta (ella siempre se pone contenta):

—¡Ah, qué suerte, si lo que se comió fue el jabón Manuelita entonces ya se le murió adentro la lombriz solitaria!

—Bettina nunca tuvo la lombriz solitaria —digo yo, con gesto hosco.

—Y vos qué sabes —dice Mirta un poco ofendida—. Mi prima Queti tenía la lombriz solitaria y nadie se había dado cuenta, ni la madre: eso que todos los días le revisaba la caca a mi prima. ¿Vos le revisas la caca a tus hijos todos los días?

—Mirta...

—¡Veinticinco metros de lombriz expulsó mi prima al final! ¿Sabes lo que son veinticinco metros? ¿O eran doscientos cincuenta?

—¡¡MIRTA!!...

—Con una horquilla del pelo revisaba la caca mi tía. Era como una fijación que tenía, pobre mi tía...

Pablo se ríe.

—Ningún jabón se comió la Bettina —dice Pablo, en voz baja, mientras se pone fuera de mi alcance.

—¿Entonces qué fue lo que dijo? —grito, al borde de un ataque de nervios.

—Yo qué sé qué dijo: algo —dice Pablo—. ¿Me buscaste las palabras con güe, güi o no me buscaste las palabras con güe, güi?

Suena el teléfono. Es Daniel, enojado.

—¡Yo no tengo la culpa de tener este trabajo interesante, sabes! Lo que pasa es que vos tenés conmigo un problema de competencia que...

Esta vez corto con mucho cuidado. No vaya a ser que se salga la cinta plástica. Se salió igual. Mirta la vuelve a poner.

—Cuando Bettina empiece a expulsar la lombriz solitaria, avisame que me gustaría ver. Nunca vi una lombriz solitaria...


Baño a las nenas juntas, que para algo son mellizas. Todo bien hasta que llego a la cabeza. Se acabó el champú para los piojos. Aunque mejor es el jabón Manuelita. Para todo sirve el jabón Manuelita: para los piojos, para la lombriz solitaria... Ahora las nenas no quieren salir de la bañadera. Tengo ganas de amenazarlas con que se van a ir por el agujero. Pero no, cómo voy a hacer semejante cosa. Las amenazo. No les importa nada. Las saco a la fuerza. Saco una, bien. Saco la otra y se mete la primera. Y la segunda. Saco a la segunda y se pone a llorar. ¿Le habré dislocado el brazo? Oh, Dios mío... Me siento en el inodoro y yo también me pongo a llorar. Se ve que a ellas les da algo parecido a la lástima porque me estiran los bracitos para salir del agua. No, es para darme besos. Qué ricas.
Yo aprovecho y las saco, las dos a la vez. En cualquier momento me voy a caer muerta del esfuerzo, y a nadie le va a importar.


Por suerte Pablo se baña solo. Solo y con todos los soldaditos.

—¿Te estás lavando bien con jabón?

—Síiiiii —dice él.

—Acordáte de lavarte el pito, como te enseñó el doctor Nicolini —digo yo—. ¿Te estás lavando el pito?

—Síiiii —dice él.

Lo espío: mentiras, se está lavando la frente. Siempre se lava la frente este chico.

Lo dejo. Tan sucio no puede estar el pito... Aunque si no se lo lava dice el doctor Nicolini que le puede dar esa enfermedad horrible que se llama, que se llama... Después me fijo en La medicina al alcance de todos, o le pregunto a Mirta, que tiene dos pitos, digo dos varones.


Son las ocho de la noche.

—¡A comer!

—¿Sopa de nuevo? —protesta Pablo.

—Sopa rica, con choclitos y caracú, que te hizo mamá, croquetas de arroz..., ¡y gelatina!

—El caracú no me gusta: parece moco.

—¡Moco, moco! —gritan las chicas, muertas de risa.

—Hasta ayer te gustaba.

—El caracú que hace la abuela me gusta, éste es una porquería. ¿Me buscaste las palabras con güe, güi o no me buscaste las palabras con güe, güi?


Las nenas se enchastran hasta el pelo, tendría que bañarlas después de comer, o darles de comer en la boca, que es más rápido. Pero el doctor Nicolini dice que hay que dejarlas experimentar con la cuchara... ¿Y si empiezo mañana, que es lunes? Eso, total nadie me ve. Con la derecha le doy a Bettina y con la izquierda a Julieta, como cuando les daba la teta, digo las tetas.


Son las nueve menos cuarto, hora de los cuentos.

Con Pablo leemos Robín Hood en voz alta, para que él practique. Yo soy el malvado y él es Robin.

—No quiero más ser Robin Hood. Quiero ser el malvado...

—Cómo es eso —me indigno—. Robin es buenísimo: les roba a los ricos y les reparte a los pobres.

—¿Y por qué no se queda con una parte?

—De tan bueno que es...

—¿Vos no te quedarías con una parte, eh?

—Sí... ¡Nooo! No sé...


Las nenas lloran porque quieren que les lea a ellas, o porque tienen sed, o porque sí se comieron el jabón y les duele la panza, o porque se les canta el culo, como dice Nicolini.

"Había una vez una gallina que se llamaba Cocoquita..." Las chicas lloran. No es este cuento el que quieren.

"Había una vez un patito desobediente que quería..." Lloran, éste tampoco es.

Son horribles estos cuentos: me parece que voy a tener que ponerme a escribirlos yo...

"Había una vez una abejita que no quería trabajar." Las chicas se acomodan los chupetes. Y al ratito se duermen. Era éste el cuento.


Son las nueve y media.

Las nenas, durmiendo en sus cunas.

Pablo, durmiendo en su camita.

La Lili, durmiendo sobre los restos de mis pantuflas.

Cuánta felicidad.

Llegó mi hora.

La hora de mi novela.


Me preparo un café.

Enciendo un cigarrillo.

Pongo la radio: música clásica bajita.

Traigo mi novela.

Y busco la máquina de escribir.

Es un incordio esta máquina, pero es la única que tengo. Me la prestó Guariglia. Recuerdo de familia, dijo, de cuando Sarmiento era boletinero en la guerra del Paraguay. Igual me sirve. Lo malo es que los caracteres son tan antiguos, no tiene signos de admiración ni de pregunta y no marca las diéresis. ¡LAS DIÉRESIS! Tengo que buscarle las palabras con güe, güi a mi pobre hijo...

Tenía razón Pablo: debajo de la cama encontré una cucaracha muerta. ¿Será la misma que encontró él?
No, si ayer barrí debajo de la cama. Pero no me animo a poner cucarachicida: en un descuido los chicos se lo pueden comer. O ponérmelo a mí en el café... Cuántos hijos han acabado con sus madres poniéndoles cucarachicidas en el café. Basta leer Crónica.

¿Y si en vez de buscar las palabras en las revistas —que seguro no las voy a encontrar— recorto el viejo y querido Upa?. No. Jamás recortaré un libro para darle el gusto a una maestra loca! Lo recorto. Paragüita, paragüero, lengüita, agüita, sinvergüenza. Yo nunca mandé a mis alumnos a recortar palabras con güe, güi..., creo... Sí, me parece que los mandé, pero igual...


Vuelvo a mi novela.

El café, el cigarrillo, la música clásica bajita.

Qué felicidad.

Si yo solamente nací para escribir.

Escribir, viajar por el mundo, vivir en hoteles, comer en restoranes, bañarme durante horas en bañaderas redondas sin pensar en nada, sin que nadie me pida nada...
Ser soltera. O viuda sin hijos. Y tener un cuarto propio, con vista al mar, o a una montaña, o a una terraza florida... Aunque por ahora me conformaría con una simple, sencilla y económica máquina de escribir...

Julieta tose. ¿De nuevo el falso crup? No, es que extraña a su papá, seguro. Le doy agua y se vuelve a dormir.

Pablo dice entre sueños que le apague la luz de arriba. Pero se me rompió el velador: no veo nada sin la luz de arriba. ¿Cómo habrá escrito Juana Manuela Gorriti, que ni un triste velador como el mío debió tener?
A la luz de las velas, claro. ¿Y si pruebo con las velas de la última Navidad? "Si vas a escribir, escribirás..."
¿Quién dijo algo así? ¿Faulkner? No... ¿Hemingway?
No: Bukowski, el viejo sucio. "Si vas a escribir, escribirás, en una mina de carbón o en un cuarto pequeño, con tres niños", que es peor que en una mina de carbón... Prendo las velas.

Tampoco tiene paréntesis la máquina de Sarmiento. Tenía, pero se borraron. Con la cantidad de paréntesis que yo uso. Paréntesis, conjunciones al comienzo de frases, subordinadas dentro de subordinadas, dentro de subordinadas...

Pero yo no tengo que analizar mi escritura: tengo que escribir nomás.

Entonces escribo.

Escribo.

Escribo.

Voy por el segundo jarro de café.

Es el momento de detenerme y agregar los paréntesis, los signos de admiración y de interrogación (nunca con esta máquina escribiré una obra de teatro), las diéresis (por suerte no puse ni agüita ni nada de eso).

Ahora a corregir. Recortar y pegar. Volver a corregir. Volver a pasar todo de nuevo...

Va a ser una gran novela ésta.


Son las doce y media de la noche.

Suena el teléfono.

Antes de que Daniel alcance a decirme algo, le grito:

—¡Si volvés sin una máquina de escribir, podes quedarte donde estás!

Y corto.


Hoy vuelve Daniel.

Después de un mes y medio de viaje.

Tengo muchas ganas de que vuelva.

Pero cuando lo vea, tendré ganas de que se vaya.

Siempre me pasa lo mismo.

Es raro, dicen.

Tiene que ver con una indefinición manifiesta de mi sexualidad, parece.

Si yo, en vez de preferir limpiar baños, preparar comidas, lavar pañales a mano y cosas de ésas, prefiero visitar las ruinas de Palenque, viajar en aviones, bañarme en el Caribe y escribir una novela, es que algo anda muy mal en mí.

Así, por lo menos, dijo la psicóloga que nos vino a hacer una entrevista a Daniel y a mí para una revista del corazón.

¿Será que yo aún no he dejado de ser hija y, por lo tanto, no estoy en condiciones de ser madre? ¿Será que tengo una fijación edípica?

Si yo rechazo mi casa, es que rechazo mi vagina, mi ser mujer, mi maternidad. ¿Acaso ignoro yo que para una mujer, lo que se dice una verdadera mujer, estrujar un simple y sencillo trapo de piso es algo que tiene que ver con el orgasmo? A propósito: qué clase de orgasmo tengo yo (si es que tengo): ¿vaginal o... clitoriano?


Ojalá que Daniel vuelva de día. Porque si vuelve de noche, me despierta a los chicos. A él le encanta despertarme a los chicos a las tres de la mañana y decirles:

—¡¡Llegó papá!! ¿Y a qué no saben que les trajo?

Entonces los tres se levantan, Daniel abre los paquetes, y ahí empieza la gran jarana.

Si hay algo de lo que carece Daniel, es del sentido práctico de la vida.

Porque lo que nosotros necesitamos, lo que necesitamos de verdad, es dinero. Para comprar comida, por ejemplo. Para pagar las cuotas del departamento, el gas, la luz, el teléfono, por ejemplo. ¡Para comprar una máquina de escribir con sus signos de admiración y de interrogación, sus paréntesis, sus diéresis...! Pero Daniel no, lo que trae son muñecas que hablan, perritos mecánicos que entran y salen de sus cuchas, trenes eléctricos, sombreros mexicanos, máquinas para hacer helados, payasos de tamaño natural...


Aunque hoy todo va a ser distinto.

Daniel me habló por teléfono para decirme que antes de las nueve de la noche estaba en casa, y con un regalo para mí.

—Un regalo muy importante —dijo, y recalcó lo de muy importante.

—¿Qué regalo? —dije yo, haciéndome la tonta.

—Veremos, veremos, después lo sabremos —dijo, contento. Y después agregó—: Te vas a caer de culo cuando lo veas.

No lo quise desilusionar. Son tan previsibles los hombres...


Prepararía una comida estupenda.

Compraría una botella de champán.

A los chicos los haría dormir la siesta.

Y me pondría el vestido celeste de crochet, el de la minifalda, que le gusta a él.

Y a Pablo, el trajecito del casamiento de mi cuñada.

Y a las nenas, un moño rosa en la cabeza. De satén el moño.


Son las ocho y media y ya tengo todo listo, por si el avión se adelanta: la mesa con el mantel recién lavado, las copas azules, las velas de Navidad, los platos de mi abuela. En el horno, un pollo a la naranja. Y en la heladera una sidra (no me alcanzó para el champán), y un postre de vainillas.


Son las diez, y las nenas duermen desparramadas en sus sillitas altas. Sin comer. Y sin moños.

Y Pablo se arrastra por el suelo jugando a la guerra con las cucarachas muertas (mañana voy a comprar un cucarachicida sí o sí, y que Dios me ayude). Hasta que se queda dormido debajo de la cama.


A las diez y media, acuesto a las nenas en sus cunas y a Pablo en su cama. Todos vestidos y con zapatos.


A las once me hago un café y prendo la radio, a ver si ha habido un accidente aéreo.

A las doce llamo a Ezeiza y me dicen que el avión llegó en hora, a las 19.47.

Entonces hago lo único que puedo hacer.

Busco la máquina de Sarmiento, saco mi novela y me pongo a escribir ("Si vas a escribir, escribirás...").

Y escribo.

Escribo.

Escribo.

En eso, la llave.

Muy a mi pesar, siento el cosquilleo de alegría de la llave en la cerradura.

¡Y TAMBIÉN SIENTO UN ODIO INCONTENIBLE!

Me pongo a teclear con frenesí.

Se abre la puerta y entra Daniel.

Se lo ve alegre, bronceado, saludable. Cargado de maletas y paquetes.

Sigo aporreando la máquina como si en eso me fuera la vida.

—¡Hola! ¿no? —dice el muy guacho, que tiene guayabera nueva y huele a Kenzo—. ¿No me vas a saludar?

—Hola.

—¿Y ahora qué pasa? No me digas que los chicos ya se durmieron.

—Es la una de la mañana. Tus hijos se duermen a las ocho y media. Y vos me dijiste que llegabas antes de las nueve...

—Es que pasé por la redacción para dejar el material. ¡No sabes el material que traje! Les encantó a los muchachos...

—Me imagino.

—¿Y ese tono? Porque si querés, después hablamos.
Pero ahora preferiría darles los regalos a los chicos. Y a vos, ja...

Te prohíbo terminantemente que despiertes a mis hijos. Se quedaron dormidos sin comer, esperándote y...

—¡PAPI! ¡PAPI! ¡PAPITO!

Los tres chicos corren a abrazarse al padre.

—Yo comí en el avión —buenísima la comida—, pero podemos volver a comer ahora, en familia. Digo... Y de paso les doy los regalos que les traje.

—¡Primero los regalos! —dice Pablo, que está cabalgando sobre las valijas.

—¡No! —digo yo.

—¡Síiiii! —dice Daniel, con una nena en cada brazo.

Me rindo.

Además yo también quiero ver mi nueva máquina de escribir.


Daniel empieza a sacar los regalos. Dos vestiditos de Guatemala, bordados. Bien, para los quince les van a ir perfectos.

Tres sombreros mexicanos. Tenemos cinco, pero nunca están de más.

(Mi máquina, cuándo viene mi máquina.)

Dos cajitas de música con unas muñecas que bailan al son de "Para Elisa". Eso me gusta, es lindo.

Una ametralladora que tira pelotitas con fuego.
Eso es horrible, peligroso y alguien va a terminar lastimado, por ejemplo la perra. O yo.

Relojes. Y no cualquier clase de relojes: éstos tienen cronómetro, son sumergibles, y te dan la hora en Tokio, que es tan útil...

—Mañana lo llevo a la escuela —dice Pablo.

—Mañana es hoy —digo, tratando de aclarar las cosas—. Pero ni se te ocurra llevarlo a la escuela...

—¿Por qué no, pobrecito? —dice Daniel.

—¿Viste, mala? —dice Pablo, abrazado a las piernas del padre y mirándome con ojos de odio.

—Mala, mala —dicen las traidoras a coro. (¿Cuándo las nenas aprendieron a decir mala?)

Daniel le habla en la oreja a Pablo, que se tranquiliza y se sonríe. Seguro que están confabulando en mi contra.

Pero no me importa. Estoy cansada. Quiero mi máquina. Y comer mi rico pollo a la naranja. Y tomar mi sidra.

—¡Y ahora los regalos para mamita! —dice Daniel triunfante. Y los chicos hacen las paces conmigo y me aplauden.

Un reloj que da la hora en Tokio. Bueno.

(La máquina, la máquina.)

Una máscara azteca. Con esta tenemos nueve. Podemos poner un puesto callejero y sacar unos pesos...

(La máquina, por favor.)

Un pectoral maya de esmeraldas auténticas que Daniel consiguió baratísimo de un vendedor ambulante que era descendiente directo de no sé qué rey.

La diosa de la fertilidad. Oh, no, por favor, que esté un poquito fallada.

—¡Y ahora!: ¡TA TA TA TAN¡... Cerra los ojos... Yo cierro los ojos y estiro las manos.

— ¡ E L BOTE INFLABLE!

— ¿ ¿ Q U É COSA?? —digo yo, que siento que estoy poniéndome mala, mala, odiosa, como una bruja.

—¡El bote inflable! ¡Quince metros de largo! ¡Cuatro remos! ¡Una capacidad para seis personas cómodamente instaladas!

Los chicos saltan, gritan. El perro ladra. El vecino de al lado golpea la pared. Mirta se asoma y pregunta si Bettina ya está expulsando la lombriz solitaria.

—¿Y mi máquina? —digo yo. O creo decir, porque me parece que perdí la voz.

—Y aquí...

—¡Mi máquina! Gracias, yo sabía que...

—¡El in-fla-dor! —dice Daniel, exultante de gozo.

Y con ayuda de los chicos y la colaboración de la Lili, empieza a inflar el mamotreto ese.

Como soy la única que no salta ni se entusiasma y está petrificada, Daniel me mira de reojo.

—Qué mala onda, eh...

—¿Y mi máquina? —pregunto yo.

—¿Qué máquina?

—Mi máquina de escribir...

—No vas a comparar. Nadie tiene un bote inflable. En cambio una máquina de escribir... ¿quién no tiene?

—Yo... Yo no tengo... —digo, con ganas de llorar.
Y empiezo a caminar hacia la puerta, para que los chicos no me vean.

—¿Y ahora dónde vas? —me dice Daniel.

—A dar una vuelta.

—Son las dos de la mañana...

No contesto. Y dando un portazo salgo del departamento. Y bajo hasta la puerta de calle. Y allí me quedo, parada.

Mañana, a las siete de la tarde, pensaré en el divorcio. Seriamente.


A la media hora vuelvo.

El departamento, que en total mide treinta y cinco metros cuadrados y en el que sólo se puede caminar de costado, ocupado totalmente por el bote inflable.

Rojo, azul y amarillo el bote. Bien brillante. Lleno de banderitas.

—Ahora vamos a vivir acá —dice Pablo, comunicándome una decisión tomada en mi ausencia. Y las nenas asienten, felices, cada una con un remo en las manos—. A los chicos de mi escuela les va a encantar venir a jugar al bote.

—Seguro —digo yo—. ¿Y papi?

—Se quedó dormido adentro del bote, al lado de la Lili —dice Pablo—. Yo también quiero dormir aquí.
Para siempre quiero dormir aquí, ¿puedo?

—Claro —digo yo.

—¿Las chicas también pueden? —dice Pablo, un poco asombrado.

—Sí —digo yo.

—¿Y vos?

—No sé si entro —digo yo.

—Sí que entras —dice Pablo—. Yo te hago un lugarcito. Así estamos toda la familia junta, ¿no?

—Eso es cierto —digo yo.

—Acá podemos comer, hacer los deberes, leer los libros, invitar a la abuela —dice Pablo. Y yo noto que se retuerce la oreja, como cada vez que no da más de sueño.

—Me parece bien —digo yo.


Son las tres de la mañana.

Voy al horno y me corto un pedacito de pollo a la naranja.

Voy a la heladera y me sirvo una copa de sidra.

Me siento a la mesa, prendo las velas de Navidad, me como el pollo y me tomo la sidra. Falta el postre.
Está buenísimo: me como otro pedazo. Una comida como ésta no puede terminar sin un buen café. Lo tomo. Qué placer.

Ahora sí, puedo levantar los platos. Por suerte hay poca vajilla para lavar. Mañana la lavo. Pero mañana es hoy. Doblo bien el mantel, lo guardo y enciendo un cigarrillo.

Entonces pongo la radio: música clásica, bajita, acerco las velas de Navidad con las que escribía Juana Manuela, apago la luz de arriba para que duerman los del bote, busco mi novela, traigo la máquina de Sarmiento y empiezo a escribir ("Si vas escribir, escribirás...").

Tengo dos horas por delante, para mí sola.

Qué felicidad.

Va a ser una gran novela ésta.





Las cenizas de papá, Buenos Aires, Norma, 2009, pp. 77-90.

"Graciela Beatriz Cabal (1939-2004) una de las más destacadas y prolíficas escritoras argentinas de literatura infantil nos invita a dar un paseo por algunos momentos importantes de su vida que son tan particulares, como universales. Momentos sorprendentes, alegres, tristes, divertidos, exasperantes, como sólo Cabal ha sabido narrar a partir de una mirada sobre la vida cargada de humor y de candidez. Así, a través de los "té de señoras" ¿a los seis años- en casa de su abuela, nos asomamos a su infancia y sus primeras hipótesis sobre el mundo de los adultos; con los amores durante la universidad, a su juventud repleta de sueños y ansiedades; un día en la vida de una joven madre con un niño y mellizas bebé nos muestran lo complejo de llevar adelante la maternidad y el matrimonio, sin renunciar a la vocación de escritora. Autobiografía desenfadada, original y tan breve que casi parece imposible que la autora haya podido decir tanto en tan pocas páginas. Escrita de forma sencilla, llena de acertadas reflexiones y con un humor irónico y una calidez única. Las cenizas de papá es un recorrido entrañable por la vida de la inolvidable Graciela Cabal que sorprenderá a quien se encuentre por primera vez con su escritura y emocionará a aquellos que ya conocen sus encantos."


Visto y leído en:
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
La máquina de escribir / Graciela Cabal. Edición digital a partir de Las cenizas de papá, Buenos Aires, Norma, 2009, pp. 77-90.
http://www.cervantesvirtual.com/portales/rois_de_corella/obra/la-maquina-de-escribir--0/



1

Mujer de vida alegre


Debo reconocer que buena parte de mis conocimientos acerca de las mujeres y su mundo me vienen de mi abuela. Porque fue ella quien, apenas cumplí yo los siete años, decidió llegado el momento de hacerme participar en sus famosas tertulias de los viernes. «Que ya va siendo hora de que alguien te enseñe a comportarte como señorita, nena.»

Por supuesto, me negué: jamás, por ningún motivo, iría yo a esas reuniones de señoras vestidas de negro y con olor a pis de gato.

Pero mi abuela era hábil, y me ofreció el oro y el moro.

Si yo iba a las tertulias y me quedaba bien derecha en mi silla y sólo abría la boca para susurrar «no, gracias», cuando alguien me ofrecía una rosquita, o «sí, gracias», cuando alguien insistía en ofrecerme la rosquita, mi abuela me prestaría todo el tiempo la Shirley Temple de mi tía la soltera, que era carísima y de porcelana (la Shirley Temple).

«No», dije yo, firme en mis convicciones.

Además, mi abuela me llevaría en coche de caballos a la Recoleta para ponerle flores a su padrino el expedicionario.

«No y no», insistí yo, pero sintiendo que algo se ablandaba.

¿Me gustaría a mí bajar al sótano a jugar con los trabucos y con el puma embalsamado?

(Silencio.)

Mi abuela me dejaría.

(Silencio.)

Y también me daría mucho pan con ajo frito para la lombriz solitaria.

(Silencio.)

Y Licor de las Hermanas —una pizca, ¿eh?— en la copita azul que tanto me gustaba.

(Silencio.)

¡Y una caja entera de pastillas del Doctor Andreu, que no son caramelos, sino remedios peligrosísimos para los niños!

«No quiero», dije yo débilmente, tan débilmente.

Entonces mi abuela lanzó a fondo la última estocada: si yo era una nena muy, muy buena y no le contaba nada a nadie, ella me dejaría ver —por un rato— el apéndice en frasco de vidrio de mi abuelo. Y me daría tres pitadas («cuatro, abuela»), cuatro pitadas de los cigarritos para el asma.

Ante tamaña magnificencia me vi en la obligación de ceder. Y nunca me arrepentí. Porque las tertulias de los viernes resultaron, al fin de cuentas, mucho más atractivas que las kermeses de la iglesia, los remates de hacienda y hasta que los desfiles militares. Y mucho más útiles para mi vida futura, ni qué decir.

Rodeando a mi abuela —la Gran Reina—, las señoras de negro contaban cosas de fundamento, recitaban poemas del Tesoro de la Juventud, y se dirigían a mí para preguntarme qué iba a ser cuando fuera grande.

«¡Maestra!», contestaba yo poniendo cara de estampita. Y ellas, tan contentas.

Desde mi silla baja, bien abrazada a la Shirley Temple, yo observaba con aplicación. Y aprendía.

Lo primero que aprendí fue a reír correctamente, como verdadera señora. Y buen trabajo me costó, ensaya que te ensaya frente al espejo del tocador.

Pero al final la conseguí: una risa contenida, mezcla de suave quejidito y simulacro de tos, muy parecida al llanto. Y, lo más importante: con la mano tapándome la boca.

No tardé en enterarme del sentido de ese gesto —al parecer, viejo como el mundo— que me intrigaba. «Es para impedir que el Diablo, siempre al acecho de las mujeres y sus aberturas, aproveche para metérsenos adentro del cuerpo», me contó mi abuela a media voz. Y también me contó que era muy peligroso para nosotras reírnos los días viernes. «Porque la que ríe viernes llora sábado y domingo.» «¿Y los varones, abuela?», pregunté yo, inquieta por mi abuelo, mi papá y mi novio Cachito. «Con los varones es otro cantar», me contestó mi abuela. Y después agregó, enigmática: «Mujer de risa fácil, mala fariña».

En las sucesivas tertulias de los viernes me fui enterando de cosas sorprendentes, como ser que las mujeres «de risa fácil» —también llamadas «de vida alegre»— se reían a propósito con la boca bien abierta, porque a ellas parecía encantarles que el Diablo se les metiera adentro de los cuerpos para hacerles quién sabe qué estropicios.

Mi abuela no era mujer de vida alegre.

Tampoco lo eran las amigas de mi abuela.

Y ninguna mujer de vida alegre frecuentó jamás las tertulias de los viernes, en las que sólo tenían cabida las buenas señoras.

Sin comunicar nada a nadie, yo iba sacando mis propias conclusiones, a saber:

Las buenas señoras no son de vida alegre, son de vida triste.

Las buenas señoras se la pasan sufriendo como perras, pero lo hacen con gusto, porque cuanto más sufren más buenas son.

Las buenas señoras se levantan al alba y trabajan hasta caer muertas. Y nunca van a ninguna parte, nada más que al médico, al dentista y a las tertulias de mi abuela.

A las buenas señoras siempre les ocurren desgracias espantosas, como ser que los cuervos, que ellas criaron con tanto cariño, les arranquen los ojos.

Los esposos de las buenas señoras son caballeros rectos, que a ellas las respetan mucho. Y hasta demasiado. Y que no les hacen faltar nada. O casi.

Pero algunos esposos son medio cretinos, y ellas igual los tienen que atender y darles los gustos y ponerles las ventosas cuando llegan de trasnochar, porque ellos son los padres de los cuervos.

Las buenas señoras no son de comer cosas ricas, son de comer cosas sanas. Y nada más que cerveza malta toman, para que les baje la leche. Y una copita o dos de Licor de las Hermanas, para animarse en las tertulias.

Las buenas señoras lloran mucho y se ríen poco, porque de qué se van a reír.

Las mujeres de vida alegre son muy diferentes de las buenas señoras.

Las mujeres de vida alegre tienen el Diablo en el cuerpo, y por eso siempre andan haciéndose las cocoritas por los teatros y también en el Parque Japonés, que es un lugar lleno de tentaciones.

Ellas no viven en casas, como las personas: viven en palacios llenos de sirvientes que las llevan en sillita de oro de una pieza a la otra para que no se cansen ni les salgan los juanetes.

Las mujeres de vida alegre usan vestidos de seda colorada, zapatos de tacón y medias finas, pero lo que no usan es enagua, así que cuando caminan se les transparenta todo.

Con las mujeres de vida alegre nadie se anima a casarse, por eso ellas no tienen ningún esposo que las respete y no les haga faltar nada. Lo que sí tienen son sultanes, príncipes y hasta presidentes de la república que siempre les andan regalando perlas y rubíes para que ellas se entretengan.

Las mujeres de vida alegre no crían cuervos, crían perritos blancos; y siempre están dándoles besos en los hociquitos, porque son muy asquerosas.

Las mujeres de vida alegre no comen tapioca ni hígado vuelta y vuelta ni manzana rallada: solamente comen bombones de licor. Y lo único que toman es champán y granadina con soda.

Las mujeres de vida alegre lloran poco y se ríen mucho. Hasta los viernes se ríen las odiosas.

Mi educación avanzaba a pasos agigantados.

Yo era la primera en llegar a las tertulias y la última en retirarme. Y no había fuerza humana capaz de hacerme faltar (hasta con las amígdalas recién extirpadas llegué a ir).

Mi abuela estaba orgullosísima de mi excelente comportamiento.

Y todo hubiera seguido así de no ser por el Licor de las Hermanas.

Porque resultó que un negro día, estando las señoras muy entusiasmadas discutiendo el verdadero y oculto sentido de aquella frase, que todavía recuerdo —«No es por vicio ni por fornicio sino en tu humilde servicio»—, entonces yo, casi sin darme cuenta y de puro distraída, empecé a tomarme los restos de las copitas azules. Y ahí fue que, después de un rato, me agarró la risa. Tanta risa me agarró que ni me acordé de taparme la boca. Y entonces se ve que el Diablo se me metió adentro nomás. Porque cuando una de las señoras, como era la costumbre, se dirigió a mí para preguntarme qué iba a ser cuando fuera grande, en vez de decir «Maestra», y tener la fiesta en paz, voy y digo, muerta de risa y hundiéndole los ojos a la Shirley Temple: «¿Yo? ¡Yo voy a ser mujer de vida alegre!».

Es que el Licor de las Hermanas es tan traicionero.





Las cenizas de papá
La original y desenfadada autobiografía de Graciela Beatriz Cabal, una conocida escritora argentina que nos acerca a su vida con sencillez y un humor fino y entrañable.


Visto y leído en:

EL PAÍS - CULTURA (17 AGO/2005)
http://cultura.elpais.com/cultura/2005/08/17/actualidad/1124229601_850215.html

Cuento » JACINTO


El día de su cumpleaños Julieta recibió muchos regalos: una tortuga de verdad, un títere que se llamaba Perico y una maceta con una flor colorada.

Pero cuando Julieta vio a Jacinto casi se cae sentada de contenta, tanto le gustó.

–¿Quién me regaló ESTO? –gritó Julieta.

Como todos tenían la boca ocupada tocando la corneta o comiendo masitas, nadie le pudo contestar.

Jacinto le guiñó un ojo, se subió a la torta y empezó a chuparse los confites de chocolate.

–¡Esperá, Jacinto, ayudame a apagar las velas!

Entonces los chicos cantaron “que los cumplas feliz” y tomaron naranjada con pajita.

Desde ese día, Julieta y Jacinto fueron grandes amigos.


Cuando Julieta iba al Jardín de Infantes –que es un lugar muy importante– llevaba a Jacinto en el bolsillo del delantal.

Si hacía frío, Jacinto se abrigaba con las pelusas y solo asomaba la puntita de la nariz.

La gente grande no lo veía a Jacinto. Los perros y los gatos y las tortugas y los pajaritos, sí.

También lo veían algunos chicos: los que eran muy amigos de Julieta y le daban alfajores y pastillas de anís.

Casi siempre Jacinto dormía en una chinela peluda.
Pero a veces, en la mitad de la noche, Jacinto se levantaba despacito, se metía en el canasto de los juguetes y hacía un zafarrancho.


Porque Jacinto era muy travieso y desordenado: no encontraba sus zapatos ni su cepillo de dientes, dejaba las témperas destapadas, hacía orejas en los cuadernos y otras cosas muy horribles para las madres y los padres.

La mamá de Julieta nunca había visto a Jacinto y, entonces, la retaba a ella.

–¡Julieta, ese desorden en tu biblioteca!

–¡Julieta, qué vergüenza, ningún botón en el delantal!

–¡Julieta, sacales punta a tus lápices de colores!

–¡Julieta, todos los juguetes desparramados por el suelo!


Pero el gran lío se armó cuando nació el hermanito.

Santiaguito era sólo un bebé y tenía a todo el mundo corriendo de un lado al otro.

Que la mamadera, que los pañales, que las tías de Trenque Lauquen…

Un trabajo bárbaro, un verdadero loquero; la casa, patas para arriba.

Sin embargo, la familia parecía encantada. Y Julieta, también.

Jacinto no entendía mucho, pero estaba tan celoso que se llenó de manchitas.


Julieta ya no se acordaba de darle de comer a la tortuga ni de regar la flor colorada.

Y, lo peor de todo: Julieta ya no se acordaba de Jacinto.

Un día, Jacinto no aguantó más y en puntas de pie se acercó al canasto donde dormía el bebé. Se trepó y lo miró bien de cerca.

En realidad esa cosa era bastante linda, pero no merecía tanto alboroto.

A Jacinto le hubiera gustado quedarse dentro del canasto, que estaba limpio, perfumado y lleno de moños celestes.

Pero Julieta se iba a enojar.

Porque Julieta ya no lo quería como antes.

Entonces, muy rabioso, Jacinto le sacó el chupete a Santiaguito y empezó a correr y a correr.

El bebé abrió un ojo, después el otro, movió un poco la boca, otro poco, y empezó a llorar como loco.


Cuando oyeron llorar a Santiaguito: el papá se martilló un dedo, la mamá dejó caer los huevos de la tortilla, a la abuela se le escaparon tres puntos del tejido,
Julieta le regó la cabeza a la vecina de abajo.

–¡Al nene le duele la panza!

–¡Tiene sed!

–¡Tiene hambre!

–¡Tiene hambre y sed y le duele la panza!

–¡¡LLAMEMOS AL DOCTOR NICOLINI!!


Santiaguito lloraba cada vez más fuerte.

Llegó el doctor Nicolini y, como era un señor muy serio, se puso los anteojos, tosió un poco y se rascó una oreja.

Lo miró al bebé por arriba, lo miró por abajo y se rascó la otra oreja.

–¿Qué le pasa a Mi bebé? –gritaron al mismo tiempo la mamá, el papá, Julieta y la abuela.

–A este nene…

–¿Sííííííííííí?

–A este nene… le falta el chupete.


–¡LE FALTA EL CHUPETE! ¡LE FALTA EL CHUPETE!

El papá, la mamá, Julieta, la abuela y algunos vecinos corrieron a la farmacia de la esquina a comprar chupetes.

Y, como se fueron todos, el bebé se quedó solo, llorando y llorando.

Bueno, solo no: con Jacinto, que entonces salió de su escondite y le puso el chupete en la boca.

Santiaguito paró de llorar y lo miró a Jacinto.

Y le hizo una risita.

Y le agarró el dedo.

–Soltame, bebé, que estoy muy apurado. Tengo que preparar mi valija. Como nadie me quiere, me voy de esta casa para siempre. Soltame, te digo…

Pero Santiaguito le hacía más risitas y no lo soltaba nada.

En eso llegaron todos: el papá, la mamá, Julieta, la abuela y los vecinos, cada uno con su chupete en la mano.

–¡Oh!¡Oh!¡Oh! ¡Miren a Santiaguito con su chupete! –dijo el papá–. ¡Oh!¡Oh!¡Oh! Y me ha sonreído a MÍ solo.

–¡A MÍ me sonrió! –dijo la mamá–. Ustedes son testigos. ¡Mi bebé ya ME sonríe!

Julieta no dijo nada, pero miró a Jacinto y al bebé.

Jacinto le guiñó un ojo y, calladito calladito, se fue acomodando dentro del canasto limpio, perfumado y lleno de moños celestes.




FIN



JACINTO, Graciela Beatriz Cabal. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina (Ilustración de Martha Greiner, Col. Los Cuentos del Chiribitil), 1977. Reimpresión con ilustración de Mónica Weiss: Buenos Aires: Sudamericana, Col. Pan flauta, 1997.


Visto y leído en:

El libro de lectura del Bicentenario - Nivel Inicial (Completo) Plan Nacional de Lectura
© “Jacinto”, Graciela Cabal. © 2003, Editorial Sudamericana S.A.
Ilustraciones: Jimena Tello

http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2013/02/el-libro-de-lectura-del-bicentenario_5769.html



Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.

–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura.

Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.

–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.

¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc.

Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.

–¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...

A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito.

Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.

A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.

–¿Viste, nena? –dijo la mamá–. ¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas...¿Estás contenta?

No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado?

Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:

–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!

La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido!

Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...



FIN



“Los Reyes no se equivocan”, del libro Batata (Historias para nenes y perritos),
de Graciela Beatriz Cabal. © 1998, Editorial Sudamericana S. A.



A partir de 7 años
Sentimientos
Batata
¿Es cierto que una casa perfecta es como un aburrimiento?
¿Y que son lindas las cosas gastadas y las miguitas entre las sabanas?
¿Y qué hacen los Reyes Magos cuando ven que un nene anda medio tristón?
De estos y de otros temas apasionantes se habla en esta historia. Una historia que es para chicos. Y para grandes ¡y para perritos, claro!


Visto y leído en:

Colección: Cuento con vos
Cuentos sobre tus derechos - Ministerio de Educación. República Argentina
http://www.me.gov.ar/construccion/pdf_derechos/opinion.pdf
Bibliopeque itinerante
http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/05/cuento-los-reyes-no-se-equivocan-de.html



Rosa y José se casaron una mañana de primavera.

Rosa toda de blanco y con jazmines en el pelo.

José todo de oscuro y con un clavel en el ojal.

No tuvieron luna de miel porque eso cuesta dinero.

Pero el día del casamiento fueron al cine y después a una pizzería.

Y se sentían muy pero muy felices.

José trabajaba en una fábrica importante. Para llegar a la fábrica tenía que tomar un tren y un colectivo.

Rosa no trabajaba. Bueno, era ama de casa: hacía la comida, limpiaba, planchaba y atendía su lindísimo jardincito.

Rosa se levantaba antes que José para prepararle el mate, y se acostaba después que José, para dejarle la ropa lista sobre una silla.

Rosa y José se pasaban esperando los sábados y los domingos.

Los sábados José arreglaba los enchufes, las cerraduras y todas esas cosas que se desarreglan en las casas.

Los sábados Rosa hacía pastafrola y amasaba los tallarines para el día siguiente (a José le caían como piedra las pastas compradas). Claro, también limpiaba, planchaba y atendía su lindísimo jardincito.

Los domingos José la pasaba en la cama (sólo se levantaba para comer), un poco porque estaba reventado de toda la semana y otro poco porque la mamá de Rosa mucho no le simpatizaba.

Los domingos Rosa se levantaba antes que nunca, porque era día de visitas. Y a ella le encantaba que su mamá -y sobre todo su suegra- le dijeran cosas como:

"¡Qué ricos están los tallarines! ¡Nada que ver con los comprados!"

O si no:

"¿Cómo hacés para que te crezcan así las dalias? ¡A mí no me vienen tan arrepolladas!".

Lo que a Rosa le ponía intranquila era cuando, a la hora del mate y la pastafrola, su mamá, y sobre todo su suegra, empezaban a mirarla fijo y de repente le preguntaban:

"¿Y los hijos, nena? ¿Qué esperan para los hijos?"

Un día a Rosa le pareció que estaba embarazada. Entonces fue al hospital y el médico le dijo que sí, que estaba nomás.

El sábado siguiente, para festejar, Rosa y José fueron al cine y después a una pizzería.

Y se sintieron muy pero muy felices.

Rosa quería una nena:

"Una nena para ponerle los aritos y los zoquetes con puntillas. Una nena que me ayude un poco en la cocina..."

José quería un varón:

"Un varón, para jugar a la pelota y mirar las peleas por la tele. Un varón que me ayude un poco con los enchufes y las cerraduras..."

La panza de Rosa crecía y crecía. Por demás crecía.

-¡Pero señora! -la retaba el médico-. ¿Cómo es que usted viene con semejante panza?

-Y... -decía Rosa, confundida-. Yo qué sé...

Un día el médico la revisó mucho a Rosa y entonces le dio la gran noticia:

-Mi querida señora -le dijo sacándose los anteojos-, usted no va a tener un hijo -acá el médico hizo un silencio, sacó el pañuelo y tosió con energía, porque a él le gustaba impresionar a las mujeres-. ¡Usted va a tener dos...!

A Rosa el corazón se le subió hasta la boca y después le volvió a bajar.

Y salió del hospital sacando la panza afuera, para que se notara bien cuánta panza tenía.

José se puso tan contento pero tan contento que ese domingo, cuando llegó la mamá de Rosa, le dio un beso en cada cachete y la convidó con vermú y aceitunas.

"Dos nenas", decía Rosa, "para ponerles los aritos y los zoquetes con puntilla. Dos nenas que me ayuden un poco en la cocina..."

"Dos varones", decía José, "para jugar a la pelota y mirar las peleas por la tele. Dos varones que me ayuden un poco con los enchufes y las cerraduras..."

Y nacieron los mellizos: una nena y un varón.

José le regaló a Rosa una caja de bombones finos y un enanito de jardín.

Las abuelas se encargaron de los pañales porque ellas eran de regalar cosas prácticas.

"Se llamará Rosa, como la madre", dijo José mirando a la nena.

"Se llamará José, como el padre", dijo Rosa mirando el varón.

A la nena la vistieron de rosado, le abrieron las orejas con aritos de perla y le regalaron una muñeca rubia.

Al varón lo vistieron de celeste, lo pelaron bien peladito y le regalaron una pelota blanda.

El tiempo fue pasando.

Rosa y José estaban orgullosos de sus hijos que crecían sanos y cachetudos.
José ahora se levantaba antes, para ahorrarse el colectivo.

Rosa también se levantaba antes, para prepararle el mate a José y ocuparse de los mellizos.

En la casa había más trabajo y menos dinero.

José empezó a hacer changas por el barrio, los sábados y los domingos.

Rosa se puso a plantar tomates y rabanitos y radicheta en un rincón del jardín, y a tejer para afuera.

Cada vez resultaba más difícil ir al cine.

Y la pizza la hacía Rosa en casa. Pero no era lo mismo.

El día que los mellizos cumplieron los nueve un montón de chicos del barrio fueron a la casa.

También fueron las abuelas: cada abuela con una torta.

Una torta de color rosa y en forma de corazón, con sus flores de azúcar.

Una torta de color celeste y en forma de cancha de fútbol, con su arco y sus jugadores y su pelota de chocolate.

Los chicos tomaron naranjada. Los grandes tomaron cerveza. Y todos aplaudieron como locos cuando Rosita y Pepito apagaron las velas.

En ese momento Rosa y José pensaron que habían tenido mucha suerte en la vida.

Y se miraron.

Pero no se dijeron nada porque ellos no eran de hablar.

Una noche José llegó furioso a la casa. Y se fue a dormir sin comer (y eso que había puchero con garbanzos y todo).

Rosa dijo: "No molesten al padre. Algo le pasó".

Y no se animó a preguntar porque tuvo miedo.

Al otro día José se quedó en la cama. Y Rosa le llevó el mate en bandeja, como si fuera domingo.

Entonces José le dijo a Rosa que la fábrica había cerrado. Y Rosa se puso a llorar.

José también hubiera llorado, pero se acordó eso de que los hombres no lloran.

-Está frío el mate -dijo José-. Es la primera vez que me das un mate frío.

A la hora de la cena, José dijo que, mientras él no consiguiera trabajo fijo, iban a vivir de changas. Y que había que dejarse de lujos y de macanas.

-¿Qué lujos? Si nosotros... -empezó a decir Pepito.

Pero Rosa lo miró al hijo con cara de decir que a ver si cerraba el pico, ¿o no lo veía a su padre, lo mal que estaba?

Hubo un silencio.

Entonces Rosa dijo que bueno, que estaba bien, pero que a lo mejor ella podía conseguirse algún trabajo.

José la miró serio.

-Escuchame bien, Rosa -le dijo-. Acá el único que trae el pan a la mesa soy yo. ¿Te quedó claro?

Y después agregó, con una risita fea.

-Además, Rosa... ¿Me querés explicar de qué vas a trabajar vos? Si no sabés hacer nada... Ja...

Hubo otro silencio, largo.

Entonces Rosa se levantó, sacó del horno las manzanas que había preparado de postre, las roció con el caramelo que estaba en el fondo de la fuente, abrió la heladera, sacó el tarro de dulce de leche, puso una cucharada bien gorda arriba de cada manzana, y después, con mucho cuidado para que no se desarmaran, las fue tirando una por una al tacho de la basura.

-Algunas cosas sí que sé hacer...-dijo Rosa-. Además, con probar...

Rosa le encargó a la nena que se ocupara de la comida de la noche. Al fin y al cabo ya era casi una mujercita.

Y José le encargó al varón que se ocupara de arreglar los enchufes y las cerraduras y esas cosas que los varones arreglan en las casas. Al fin y al cabo ya era casi un hombre.

Así fue.

La primera noche el menú resultó un verdadero misterio.

Se trataba de algo pastoso y agrio, pero nunca se supo qué (Rosita sabía, claro), porque, además, comieron a la luz de la vela.

-Yo solamente quise arreglar el velador -dijo Pepito, de lo más llovido-, y de repente ¡plaf!, nos quedamos a oscuras.

La segunda noche comieron -es un decir- milanesas con puré. Negras por fuera y crudas por adentro salieron las milanesas, y el puré parecía agua de charco.

Lo peor fue que, para comer, hubo que entrar por la ventana.

-Yo lo único que quise fue arreglar la cerradura -dijo Pepito muy mortificado-, y no sé, algo ¡cric!, se me atrancó.

Rosa y José se pusieron nerviosos, muy nerviosos.

José gritó que todo esto pasaba porque la madre no estaba en la casa.

"¡Y cuando una madre no está en la casa...!"

Rosa gritó que la madre no estaba en la casa porque el padre no tenía trabajo fijo.
"¡Y cuando un padre no tiene trabajo fijo...!"

Los chicos no dijeron nada pero pensaron que era culpa de ellos. Y como tenían ganas de llorar, lloraron. (Pepito también lloró, porque no se acordaba bien eso de que los hombres no lloran.)

Todos se fueron a dormir con la panza vacía y el corazón hecho un trapo.

Es que el hambre pone mal a la gente. Sobre todo cuando escasea el trabajo y las luces no encienden y las puertas no abren y etcétera, etcétera.

Al día siguiente, sin mirarse ni dirigirse la palabra, Rosa y José salieron por la ventana, lo que no dejaba de tener su gracia, especialmente para los vecinos.

Los chicos pensaban que la cosa se venía negra.

Entonces, como pasa cuando las cosas se vienen negras, tuvieron una idea brillante.

Esa noche la cena fue espléndida: guiso para chuparse los dedos y arroz con leche.

(Rosa y José felicitaron a Rosita.)

Además: ¡qué bueno era entrar y salir por la puerta, que no sólo estaba arreglada sino que no hacía ese horrible chirrido de siempre! ¡Y qué maravilla era apretar un botón o mover una perilla y que las luces se encendieran y se apagaran a gusto!.

(Rosa y José felicitaron a Pepito.)

Habían llegado a lo mejor del guiso, cuando Rosa, que se revolvía inquieta en la silla, dijo que tenía una gran novedad.

(Con la cuchara en el aire, José y los chicos la miraron a Rosa.)

Le ofrecían trabajo en el vivero de doña Asunta, siguió Rosa. Y ella había dicho que sí.

(Con la cuchara en el aire, Rosa y los chicos lo miraron a José.)

-¿Y fuiste capaz de decir que sí? -gritó José.

-¡Fui capaz de decir que sí! -gritó Rosa.

-¿Sin consultar ni nada? -gritó José.

-¡Sin consultar ni nada! ¿Por? -gritó Rosa.

Esta vez hubo un silencio tan largo que daba miedo.

Hasta que, después de un rato, José dijo:

-Pero mirá vos, la señora...

Y hundió la cuchara en el guiso, porque tampoco era cuestión de dejarlo enfriar.

Y fue recién por la mitad del arroz con leche, cuando volvió a hacerse oír:

-No, si ahora va a resultar que soy un inútil...

Entonces Rosa se acercó a José, le dio un beso, y le dijo que no se pusiera mal, que ya se iban a arreglar entre todos. Lo más bien se iban a arreglar.

-¿No es cierto, chicos?

Y no agregó que a ella le encantaba la idea de trabajar en un vivero, porque le dio una especie de vergüenza. Pero ya lo iba a decir... Seguro que lo iba a decir...

Sin hablar los cuatro terminaron su arroz con leche. Y pasaron el pancito hasta dejar el plato brillante, como era costumbre en la familia.

Y entonces Rosa se levantó para traer el mate.

Y José se levantó para prender la tele y, de paso, revolverle la cabeza a la hija.

-Rosita, te juro -y José pensó que, en momentos así, nada mejor que un buen chiste-: después de esta comida... ¡ya te podés casar! ¡Ja!

Pero Rosita lo miró seria al padre.

-No papá. La comida la preparó mi hermano. Yo solamente arreglé los enchufes y las cerraduras...

Rosa y José abrieron los ojos y se miraron, con cara de decir "¿qué disparates anda diciendo esta chica?".

Y después lo miraron al varón, que se encogió de hombros con cara de decir: "¿a mí por qué me miran?".

Y después la miraron a la nena, que torcía la boca con cara de decir: “¿y yo qué hice ahora?". Entonces Rosa, que era muy tentada, se largó a reír.

Y tanto se río que el agua del mate se le escapó por la nariz.

Y de verla tentada a Rosa se tentaron los chicos. Y hasta José se tentó, aunque todavía estaba un poco triste, bastante molesto y completamente confundido.

El sábado siguiente, con un adelanto que pidió Rosa en el vivero y un poco que las abuelas guardaban por cualquier desgracia, los cuatro se fueron al cine.

Y después a comer pizza en una pizzería.

Cierto que a Pepito le salía más rica. Pero no era lo mismo.



FIN



Historieta de amor, Graciela Cabal, ilustrado por Mónica Weiss,
Colección Pan Flauta, Editorial Sudamericana



Visto y leído en:

La página de Zapam Zucum
https://zapamzucum.wordpress.com/2013/01/26/historieta-de-amor/
EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-cabal.html
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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