Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» El ángel, de Graciela Beatriz Cabal. Ilustración de Pez


Cuando llegó el ángel, las brujas de la casa se escondieron en los agujeros del colador de fideos, que desde ese momento pasó a usarse como maceta.

Cuando llegó el ángel, el televisor se descompuso todos los días, justo a la hora de comer, y se arregló todos los días, justo a la hora de la novela y de los dibujitos.

Cuando llegó el ángel, los cuadros se enderezaron solos, las lámparas iluminaron el doble, y las ollas y sartenes quisieron brillar igual que la plata.

Cuando llegó el ángel, a los chicos se les fueron los piojos, a los rosales se les fueron los pulgones y a los perros no se les fueron las pulgas (los perros están muy encariñados con sus pulgas).

Cuando llegó el ángel, desapareció el olor a humedad y a remedio. (El olor a guiso y a pis de gato no desapareció, porque a los ángeles les encanta el olor a guiso y a pis de gato).

Cuando llegó el ángel, las canillas se negaron a seguir goteando. Y el teléfono se puso a sonar. Y el calefón calentó el agua sin meter tanto batifondo. Y, por primera vez en la vida, el reloj acertó a dar la hora.

Cuando llegó el ángel, se recibieron cartas y se mandaron cartas. Y se volvieron a festejar los aniversarios de casamientos y los cumpleaños (hasta los no-aniversarios de casamiento y los no-cumpleaños se festejaron).

Cuando llegó el ángel, florecieron los malvones, los alelíes y el gomero de la terraza (cosa de no creer). Y se escaparon las cotorras, la reina mora y el brasita de fuego. (La tortuga prefirió no escaparse, porque, pensó, adónde iba a ir).

Cuando llegó el ángel, nadie se olvidó de cerrar bien los cajones y las puertas de los muebles. Ni de tapar la azucarera. Ni de regar el árbol de la calle. Ni de lavarse las propias medias. (De lo que todos pero todos se olvidaron por completo fue de lavar las medias ajenas).

Cuando llegó el ángel, los chicos y los grandes se dijeron "permiso" y "gracias, corazón de mi vida" y "que tengas suerte", como si no fueran de la misma familia.

Muchas cosas maravillosas pasan en la casa de uno cuando llega el ángel.

Por eso siempre conviene dejar la ventana abierta.




FIN




Doña Martina y otros relatos
Autora: Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de PEZ
Editorial: Alfaguara infantil - Serie naranja


Este libro reúne siete relatos de Graciela Beatriz Cabal. Algunos de ellos, como "Doña Martina" (1993) y "Las dos tortugas" (1990), forman parte de sus reconocidos cuentos infantiles. Otros, en cambio, se presentan en un libro por primera vez. En ellos habitan personajes de la historia, de la literatura y de la vida cotidiana; suceden actos heroicos y episodios singulares. Promueven la reflexión, emocionan y también hacen reír. (Contratapa)


Contenido:

El ángel;
Doña Martina;
Las dos tortugas;
Brigidita;
La risa de los gatos;
El accidente;
Blancanieves.



Fuente consultada:
Publicación: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010
Título: El ángel / Graciela Cabal. Publicación original: Buenos Aires, Alfaguara
Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Doña Martina y Otros Relatos, Buenos Aires, Alfaguara, pp. 7-9

http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-angel--1/

Cuento» Barbapedro, de Graciela Cabal, con ilustraciones de Pez.


Barbapedro era mi tío marinero.

Cuando yo lo conocí, Barbapedro vivía en un viejo barco de carga, allí en el Riachuelo.

Vivía solo. Bueno, solo es un decir. Vivía con un gato montés rengo y casi ciego, un gallito pintado que comía con servilleta, un mono que tomaba mate cocido en jarro de lata y muchos, muchísimos pájaros.

Cuando mi tío pasaba, siempre vestido de negro, con su barba enrulada y sus pelos larguísimos al viento, la gente de La Boca se codeaba con disimulo y se hablaba en la oreja.

Pero mi tío bajaba a tierra muy de cuando en cuando.

—La tierra me da calambres. Los malditos me mueven el piso —decía mi tío mientras volvía tambaleándose a su barco.




—¿Quiénes son los malditos, tío? —preguntaba yo.

Para qué. Mi tío Barbapedro nunca contestaba. El no era como otras personas a las que uno les pregunta "¿Qué hora es?" y contestan, por ejemplo, "Las ocho y media", o "Las cinco y cuarto". No, señor. El solamente hablaba de lo que le daba la gana.

A veces estaba días sin abrir la boca. Otras veces hablaba y hablaba y me contaba historias maravillosas de barcos hundidos, de tormentas terribles, de monstruos del mar.

Con los animales sí que hablaba:

—¿Le anda doliendo la patita? Bueno, bueno, ya se la vamos a arreglar... Y a usted, ¿qué bicho le picó que anda tan triste?

Porque la gente de La Boca, aunque lo miraba de reojo a mi tío, sabía que era el mejor en eso de curar animales enfermos. Por eso se los llevaba.

Un día en que ya no quedaba en el barco ni un poquito de yerba ni un grano de alpiste, mi tío Barbapedro quiso bajar a tierra.

Apenas puso el pie en la tabla para empezar a cruzar, pegó un grito espantoso:

—¡Los malditos me quitan el aire! —y se metió en el barco para siempre.

Mi tío Barbapedro sabía darse todos los gustos.

Si un día se levantaba con ganas decía:

—Me parece que hoy es Año Nuevo.

Entonces ponía el barco de punta en blanco, todo adornado con banderitas de colores y, por unos días, nadie les veía el pelo ni a mi tío ni al barco.

Como trabajador, era trabajador mi tío Barbapedro.

En un barco siempre hay mucho para hacer, ni qué decir con tanto bicho.

Y había que verlo a mi tío cuando se armaba alguna gresca entre los animales:

—¿A qué viene el alboroto, caracho? Usted y usted, ¿andan con ganas de un remojón?


Cada tanto yo me sentía un poco triste. Un día me animé y le dije:

—Tío, ¿me deja traer un amigo del barrio, que lo quiere conocer?

Como siempre, mi tío no me contestó nada.

Entonces yo pensé que sí me dejaba y lo traje a mi amigo.

Cuando mi tío sacó el mate y la pava, nosotros nos acercamos un banquito.

Mi tío le echó al mate cascarita de naranja y después nos miró con unos ojos tan serios que mi amigo se apretó contra mí.

—Tranquilo —le dije a mi amigo.

Entonces mi tío empezó a contar:




—Cuando mi papá vino de Génova, sólo traía tres monedas de oro en la mano...

Y así siguió y siguió hasta que empezó a hacerse de noche.

Mi amigo se levantó y se fue. Tan entusiasmado estaba mi tío, que ni cuenta se dio...

No sé bien cómo pasó, pero poco a poco todos los chicos de La Boca se tomaron la costumbre de ir a oír los cuentos de mi tío.

A veces se venían con algún pájaro lastimado o con algún cachorro que nadie quería...




Mi tío Barbapedro ya era bastante famoso. Hasta gente de otros barrios venía a traerle sus animalitos enfermos.
Señoras perfumadas y señores con chaleco que bajaban de coches brillantes.

Eso sí, mi tío no ponía un pie fuera del barco ni, por supuesto, contestaba preguntas.

Algunos, cuando lo veían, se tapaban la boca con la mano y se iban corriendo. Otros se reían.

La cuestión es que, como muchos no volvían nunca a buscar sus animales, el barco se llenó de tal manera que ya ni caminar tranquilo se podía.

Una noche lo noté raro a mi tío. Dos o tres veces, mientras nos contaba los cuentos, se quedó en silencio, mirándonos a uno por uno con los ojos como cansados.

Pero lo más extraordinario sucedió después, cuando los chicos se fueron y nos quedamos solos.

Entonces yo, de puro distraído, le pregunté sin darme cuenta:

—¿Le pasa algo, tío?

Mi tío Barbapedro, tocándome la cabeza, me dijo:

—Nada, Barbangelito, me siento muy bien hoy... Vaya, vaya a dormir...

No lo podía creer. Por primera vez en la vida, mi tío me había contestado y —lo más extraño— ¡me había llamado por mi nombre!

Mi tío empezó a encender todas las luces del barco y yo me fui para mi casa.

Caminé por la costa. Al darme vuelta, como hacía siempre, pensé que nunca había visto el barco tan iluminado, ni en Año Nuevo...

Parecía una estrella el barco.

Esa noche no pude dormir.

A la mañana siguiente, bien temprano, me fui para el río.

No me sorprendí. Sabía que el barco ya no estaba.

—Va a volver. Uno de estos días va a volver —decía la gente de La Boca.

Pero yo sabía que mi tío Barbapedro se había perdido para siempre en el río.



FIN


Título: Barbapedro y otras personas
Autora: Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones: Pez
Fecha de publicación: 1997
Alfaguara infantil. Naranja
Sugerido a partir de los 10 años.


Resumen :
Barbapedro fue un famoso marinero de la Boca. Pero un día decidió marcharse...
En este libro, podrán conocerlo a él y a otros singulares personajes, como una perra poco educada y un gato que quiere ser conejo.

Índice :

• Barbapedro..... 13

• Gualberto..... 21

• La Lilí de San Cristóbal..... 37
• La Lilí tiene un complejo..... 39
• Un maestro para la Lilí..... 53

• Horacio..... 75


Fuente consultada:
Publicación: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010
Título: Barbapedro / Graciela Cabal
Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Barbapedro y otras personas, Buenos Aires, Alfaguara, 1997, pp. 13-20.

http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5h812



En el barrio de San Cristóbal era cosa sabida: Flor, la gatita de tres colores, era una gatita muy de su casa.

—¡Nada de andar por ahí, callejeando! ¡Mirá que se va a enterar tu padre! —le repetía su mamá.


Pero no era necesario. Porque a Florecida, la calle... ni fu ni fa. Además ella a su papá no le tenía miedo. Entre otras cosas porque apenas si lo había visto una que otra vez. Sabía, eso sí, que su papá era un gato muy renombrado y muy valiente, que se había animado a entrar a la Casa el día que Florcita nació y que le había traído de regalo una lauchita a cuerda. "Vengo a ver a mi hija", dicen que dijo aquella noche, mientras asomaba su enorme cabezota amarilla por la puerta del patio.

Pero esa era historia pasada.

La cuestión es que Florcita a su papá no le tenía ni un poquito de miedo.

"Pero, por otra parte", pensaba Florcita, "¿para qué voy a ir a la calle? ¿En la Casa no tengo todos los días mi leche tibia? ¿No tengo mi almohadón peludo, justo al lado de la ventana? Y sobre todo, ¿en la Casa no la tengo a mi mamá? Sí señor: Todo lo que necesito en la vida lo tengo en la Casa".

Cacique era un gato callejero. El más bravo de todos los gatos bravos del mercado de Pichincha.

Por algo era Cacique, el Jefe.

Y aunque Cacique era blanco, y aunque jamás hablara de su vida privada, se sabía de buena fuente que era hijo del Viudo, un gato negro y pendenciero que había llegado del Parque de los Patricios.


—¡De tal palo, tal astilla! —decían las gatas cuando lo veían pasar a Cacique, rengo y magullado, después de alguna gresca.

Cacique comía salteado y ya ni se acordaba del gusto de la leche.

Pero eso a él lo tenía sin cuidado.

Porque Cacique no había nacido para la vida regalada.

El había nacido para el peligro y la aventura.

Y el peligro y la aventura sólo se encuentran en la calle.


Estaba escrito que, tarde o temprano, Cacique y Flor se conocerían. Porque a Cacique le gustaba recorrer, una y otra vez, las calles del barrio.

Y porque Florcita se pasaba las horas mirando por la ventana de la casa.

Fue un amor a primera vista, un verdadero flechazo.


Y los amores a primera vista –dicen– cambian mucho la vida de los gatos.

Florcita ya no se interesaba por su laucha a cuerda.

—¡Quiero ver una laucha de verdad! —le había gritado a su mamá, que la miró asustada.


Florcita ya no se conformaba con mirar la calle desde la ventana.

Y cada día tenía los ojos más verdes y más brillantes.

Es que, ya se sabe: el amor envalentona mucho a las gatitas de su casa.


Cacique también andaba con el paso cambiado.

Ya no encontraba ninguna diversión en perseguir a los gatos del baldío.

Ya no le gustaba revolver los tachos de la basura.

Y varias veces, casi sin darse cuenta, había ronroneado mientras se restregaba contra las piernas de Don Victorio, el carnicero.


Los gatos del mercado Pichincha lo miraban de reojo a Cacique. Y hacían sus comentarios entre dientes.

Es que, ya se sabe: el amor les cambia el paso a los gatos callejeros.

Un día el mercado de Pichincha se conmovió con la noticia: esa misma noche, Sultán y su pandilla vendrían al barrio, a buscar pelea.

¡¡Sultán!! ¡¡El gran Sultán, el rey del Once!!

Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los gatos del mercado.

De todos menos de Cacique, que últimamente siempre andaba como en otra cosa.

Los gatos del mercado se miraron muy preocupados. "¡Qué papelón!", se decían unos a otros. "Justo ahora que el Jefe anda más blandito que un flan".

"Qué van a decir, cuando se enteren, los gatos de Constitución... ¿Y los de la Boca?"

Cuando Sultán y su pandilla llegaron al mercado, todo el gaterío de San Cristóbal se acomodó para no perderse ni un detalle.


Entonces Sultán, que era un gato bastante leído y con pretensiones de actor, alzó bien la voz, como para que todos lo oyeran, y recitó:

—¡Andan por ahí diciendo que en San Cristóbal hay uno con fama de guapo!

(Todos lo miraron, pero Cacique ni miau).

Y Sultán siguió adelante:

—¡Quiero encontrarlo para que me enseñe a mí, que soy un pobre gato del Once, lo que es un gato de coraje!

Cuando Cacique se dio cuenta de que todos lo miraban a él, como esperando algo, se quedó un rato sin saber qué hacer. Hasta que, de repente, pareció reaccionar y, acercándose a Sultán con la pata extendida, le dijo:

—¡Buenas noches, compañero! ¡Bienvenido al barrio!

Ante semejante recibimiento, el gran Sultán, muy sorprendido, preguntó con su voz de todos los días:

—¿Y a éste, que bicho le picó?

Los gatos de San Cristóbal se tapaban la cara de vergüenza, mientras que los gatos del Once, sin poder aguantar la risa, lo miraban a Cacique y le hacían morisquetas.

Pero uno de San Cristóbal, al que le decían el Tuerto, no soportó tanta humillación y quiso salir en defensa del barrio:

—¡Digan que el Cacique anda en amores, que si no, ya iban a ver lo que es bueno!

Para qué habrá hablado.

Los del Once rodaban por el suelo de la risa. Y uno de los que más se reía era el gran Sultán.

—¡Jua, jua, jua! ¡Así que éste era el famoso Cacique! ¡Jua, jua, jua! ¡Y todo por una gatita de mala muerte! ¡Si gatitas es lo que sobra en este mundo! ¡Díganmelo a mí, que tengo 34 hijas mujeres! ¡Jua, jua, jua!

Pero la risa se le cortó de repente.

Porque, abriéndose paso entre todos esos gatos peligrosísimos, despeinada y con los ojos más brillantes que nunca, avanzaba Flor, la gatita tan de su casa, que venía a rescatar a su Cacique de las garras del malvado gato del Once.

Sultán se erizó como si hubiera visto al Gato-Diablo. Pero después empezó a derretirse como un helado.

—¿A ver, papá! —se encrespó Florcita. Y los ojos, de la rabia, eran apenas dos rayitas verdes —¿Me podés aclarar qué tenés contra el Cacique, vos?

—¡Pero Florcita! ¡Mi hijita preferida!

¡Corazoncito de papá...!

Los gatos de San Cristóbal y los gatos del Once se miraron con desconsuelo.

—¡Es que ya no se puede creer en nada —se decían moviendo la cabeza. —¡Gatos, lo que se dice gatos eran los de antes!

Y enfilaron todos juntos para el lado de Barracas.

Cacique y Flor empezaron a caminar despacito. Iban muy juntos y con las colas bien amarradas.

Un poco atrás venía Sultán. ¡Quién sabe qué ideas le daban vueltas y vueltas en su enorme cabezota amarilla!




FIN



© Graciela Beatriz Cabal
© 2005, herederos de Graciela Beatriz Cabal
© 2005, 2015, Ediciones Santillana S.A.
© De esta edición: 2015, Ediciones Santillana S.A.



Gatos eran los de antes
Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de Eugenia Nobati y Luciana Fernández.
Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2005. Colección Alfaguara Infantil; Serie Amarilla. (Pequeños lectores.)

"Florcita es una gatita de su casa. Cacique es un gato de la calle. Hasta que se conocen y se enamoran. A partir de ese momento, cambian muchas cosas en sus vidas y en la de todo el gaterío de San Cristóbal. Una historia inolvidable para reír y reflexionar en familia." (Texto extraído de la contratapa del libro.)


Visto y leído en:

http://www.loqueleo.com/ar/libro/gatos-eran-los-de-antes
http://bichosbolita.blogspot.com.ar/
http://megafauna.com.ar/sam/gato2.htm
http://www.eldiariodecoahuila.com.mx/ninos/2015/11/8/gatos-eran-antes-541685.html



Allá en el norte de nuestro país, junto a las altas y escarpadas montañas, y hace tantísimos años que ya nadie recuerda cuántos, vivía una jovencita linda como una flor.

Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos del lugar suspiraban por ella, con unos suspiros que, de tan fuertes, hacían mover las copas de los árboles.

Los más atrevidos, al verla pasar -con esas trenzas negras y brillantes y esos ojos profundos- no podían dejar de decir, por lo bajo:

–Adiós mi florcita de la montaña…

Había uno, al que llamaban el Cóndor, que siempre se quedaba callado, pero la miraba a la niña de una manera que ella tenía que bajar la cabeza.

Y aunque el Cóndor era el joven más fuerte y bien plantado del pueblo, Flor (como ya le decían todos) no quería saber nada con él. Porque era un bravucón y un pendenciero, y porque siempre andaba por ahí, alardeando de las muchas novias que tenía.

Además había otro motivo verdaderamente más importante; el corazón de Flor ya tenía dueño (aunque eso, tan sólo ella lo sabía).

Kenti -que así se llamaba el afortunado- no era lo que se dice un buen mozo. Más bien era -a qué negarlo- feo y debilucho. Un hombrecito gris e insignificante, una poquita cosa.

Pero el amor -como decía mi abuela y la abuela de mi abuela- es ciego. Y para Flor no había hombre más hermoso, más magnífico, más deslumbrante que su Kenti.

El joven -y en esto no hay nada de extraordinario- también la quería a Flor. Con una pasión loca la quería. Más que a su propia vida. Pero nunca jamás se había animado a decírselo. Porque… ¿qué derecho tenía él, que era menos que nadie, a que lo quisiera la muchacha más hermosa y más buena del mundo? ¿Eh?

Hasta que un día, Flor y Kenti se encontraron de improviso en una vuelta del camino. Y se miraron de frente, a los ojos…

Desde ese momento, el pequeño hombrecito gris y la esplendorosa Flor de la montaña fueron lo que se dice el uno para el otro.

En el pueblo nadie lo podía creer.

-Miralo vos, el mosquita muerta ése.

Bien guardado que se lo tenía el muy falso -decían entre aspavientos los chismosos que nunca faltan.

Pero otros, más entendidos en cosas de la vida, opinaban, moviendo la cabeza:

-Algo le habrá visto la Flor a Kenti… ¡Uno nunca sabe!

El que estaba tan furioso que se lo llevaban los vientos era Cóndor.

-¡Hacerme esto a mí, justamente a mí! -decía entre gruñidos-. ¡Ese mequetrefe esmirriado no tiene idea de con quién se metió! En cuanto a ella -agregaba con ojos sombríos-, me la llevo… ¡Si no es por las buenas va a tener que ser por las malas!

Tan seguro estaba de lo que decía, que empezó a preparar su casa, allá en lo más alto de la montaña, para llevársela a Flor.
Y no dejaba de repetir una y otra vez con una voz que metía miedo:

-¡Ya le voy a bajar los humos a esa cocorita! ¡Faltaba más!

Claro que Flor y Kenti estaban más allá de chismorreos y amenazas.

Y Kenti ya no era el poquita cosa que todos habían conocido.
Ahora se sentía fuerte e invencible y hasta -¿por qué no decirlo?- hermoso. (Dicen que es así como uno se siente cuando alguien lo quiere de verdad.)

Pero un negro día todo cambió.

Fue el negro día que Cóndor, loco de celos, robó a la bella Flor.
Y con ella en brazos, desvanecida de dolor, empezó a trepar la escarpada montaña, rumbo a su casa.

Cuentan los más viejos -y así te lo cuento yo- que a medida que iba subiendo, el apuesto joven se transformaba en un ave de aspecto temible, negro plumaje y pico encorvado.

Cuentan que el ave echó a volar, sosteniendo a Flor entre sus garras, y que llegó hasta la cumbre más alta de la más alta montaña, donde, en una grieta, depositó a la pobre niña.

Cuando Kenti se enteró de lo ocurrido creyó morir.
Desesperado, tomó una lanza, y aunque estaba lleno de rabia y de coraje se dio cuenta de que era poco lo que podía hacer. Así que decidió pedir ayuda.

¿Y a quién iba a pedir ayuda Kenti si no era a la Pachamama, la Gran Madre que cuida los destinos de sus hijos?

A la Pachamama le gustó mucho el pequeño hombrecito valeroso y enamorado. Y para ayudarlo lo transformó en ave: una avecita gris, de pico largo y fino como minúscula lanza.

-Ahora a encontrar a tu Flor -le dijo la Gran Madre mientras lo sostenía en su enorme mano extendida. Y después le dio un soplido, que quiso ser suave, pero con semejante bocaza…

Kenti voló y voló hacia arriba, tan rápido que las alas apenas si se le veían.

Cuando llegó a la cumbre más alta de la más alta montaña, encontró a la niña, todavía sin sentido, en la grieta estrecha y tenebrosa.

Desesperado, Kenti volaba a su alrededor, abanicándola con sus pequeñísimas alas, rozándole apenas los labios, acariciando sus trenzas…

Flor finalmente despertó, y al hacerlo lanzó un grito de horror.

¿Cómo, de qué manera había llegado hasta allí?

Revoloteando, Kenti trataba de hacerse entender. Y Flor lo reconoció (Porque parece ser que los enamorados siempre se reconocen, aun en las más extrañas circunstancias.)

Al principio, Flor se alegró muchísimo, pero después se puso a llorar a los gritos.

¡Aunque ahora estaban juntos ella jamás sería capaz de bajar de esas alturas! Sólo un ser alado podría ayudarla… ¡Y Kenti era tan pequeño…!

Pero el enamorado no se dio por vencido. Y dirigiéndose a las flores, a las rocas, al viento, al río, a la tierra, clamó pidiendo ayuda:

-¡¡Por favor, por favor!! ¡Necesito ayuda para salvar a mi novia!

-¿Quién es esa avecita gris tan insignificante que anda metiendo barullo?- preguntaron las flores- Si por lo menos llevara nuestros colores podríamos hacer un esfuerzo y entender lo que pide… Pero con ese horrible color seguramente que no tiene nada importante que decir.

-¿Qué es lo que le pasa a ese minúsculo pajarito gris? -preguntaron las rocas al viento.

-No sé ni me importa -rugió el viento-. Siempre desconfié de las cosas grises, de chiquito nomás.

-Yo sé lo que dice -gritó el río-. Es un enamorado que pide ayuda para salvar a su novia…

-¿Enamorado? -la voz de la tierra sonó desconfiada-. No lo creo. Tengo entendido que los enamorados llevan un arco iris en el lugar del corazón. Y ese bichito gris -agregó desdeñosa-, evidentemente no tiene ningún arco iris en ninguna parte.

-¡¡Por favor, ayúdenme!! -seguía gritando Kenti mientras volaba enloquecido de un lado al otro.

-¡Que nos muestre los colores del arco iris y entonces lo ayudaremos! -dijeron las flores que ya estaban empezando a ablandarse.

-Nosotras también -afirmaron las rocas después de consultarse con la mirada (aunque parecían duras e inflexibles, también ellas tenían su corazoncito.)

-Y nosotros, por supuesto -dijeron el río y la tierra, que nunca querían ser menos.

El viento, que era un comedido, llevó el mensaje a Kenti.

De nuevo el avecita voló y voló en busca de la Pachamama.

-Gran Madre -le dijo-, vos que sos poderosa… ¡dame los colores del arco iris y así podré salvar a mi novia!

-Sea -dijo la Pachamama, que en general era de pocas palabras.

Y con su manaza gigantesca cubrió el cuerpo tembloroso, que en ese mismo momento se tiñó con los colores más espléndidos y brillantes del arco iris.

Como una joya alada, Kenti ascendió por el aire, tan velozmente que sus alitas multicolores apenas se distinguían. Y mientras subía iba gritando:

-¡Mírenme ahora! ¿Tengo o no tengo el color de los enamorados? ¿Eh?

-¿Quién lo duda? -dijo la tierra- Eso cualquiera lo puede ver…

-Hechos y no palabras -saltaron las rocas, mientras en medio de un estruendo infernal se iban acomodando para formar una gigantesca escalera.

-Para que no se lastimen los piecitos de la novia -susurraron las flores, entretejiéndose en una alfombra perfumada y colorida que cubrió los inmensos escalones.

-No tengas miedo de caerte, linda -rugió el viento que, sopla aquí, sopla allá, había fabricado una apretada red de lianas y enredaderas.

Entonces Flor, conducida por Kenti, empezó a bajar la escalera.

Al llegar al río, que corría caudaloso y en cascadas, los dos se detuvieron.

-Tranquila, Flor -dijo el río. Y se agachó, manso como un corderito.

-Un puente, aquí hace falta un puente -dijo la tierra.

Y en menos de lo que canta un gallo construyó uno, fuerte y seguro, que atravesó el río.

Con paso cada vez más firma, Flor seguía adelante. ¡Dentro de poco estaría junto a los suyos! Y eso gracias a Kenti…

De pronto la niña lanzó un grito.

Cóndor, el temible Cóndor, volaba hacia ella, rápido como una flecha, con las garras preparadas para llevársela de nuevo a las alturas. Pero la Pachamama, que había tenido un mal presentimiento mientras dormía la siesta, se apareció de repente.

-Éste ya me cansó -pensó mirándolo al Cóndor de reojo. (Después de todo la Pachamama también puede perder la paciencia.)

Y parece que el Cóndor le leyó los pensamientos a la Gran Madre, porque calladito y con las plumas por el suelo, pegó media vuelta y se fue como había venido.

Entonces la Pachamama la miró a Flor. Y después lo miró a Kenti, que apenas tenía la altura del dedo meñique de su novia.
No se sabe bien qué fue lo que se le cruzó por la cabeza a la Pachamama. Lo cierto es que con gesto preocupado lanzó aquella famosa frase:

-¡Esto así no va!

Y tomando a la muchacha en su enorme manaza, la fue achicando de a poquito (la verdad que la pobre chica no ganaba para sustos), hasta que la dejó convertida en una Flor pequeña, colorida y fragante, justito justito para alguien como Kenti, el picaflor.

-Ahora sí -se sonrió la Pachamama-. Nunca nadie los podrá separar.

Y se fue con paso cachaciento, a seguir durmiendo la siesta.



FIN



Cuentos de miedo, de amor y de risa
Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de Alicia Charré, Catalina Chervin, Marcelo Elizalde, Nora Hilb y Sanyú.
Buenos Aires, Aique Grupo Editor, 2001. (Desde los 8 años)


"El reloj de plata con extraña inscripción, un arpa de diamantes que cabe justo en el hueco de la mano, las trenzas rojas de una novia tristísima, las trenzas rubias de una bella pulpera... ¿Nada más? Sí: también hay misteriosos tañidos que llegan del mar y campanas que enloquecen cuando sopla el viento norte y tesoros ocultos en la arena y piratas locos y puñales y reflejos de puñales en las noches perfumadas de Barracas... Y hay palacios encantados y casas como paraísos y fantasmas de capa, sombrero y perro de largo hocico, y niñas casaderas que rabian contra San Antonio y pobrecitos lobizones que hacen reír y monstruos espantosos de enormes ojazos y patitas cortas, y cacatúas en jaula de oro... Y está la Pachamama y Kenti, el pequeño enamorado, y Tokwaj, haciendo de las suyas...

"Un libro de maravillas donde se mezclan el miedo, la risa y el amor. Igualito que en la vida..."
"Los relatos de este libro están basados en tradiciones orales, pero muy elaboradas en forma de cuentos."
"Casi siempre la tradición es apenas el elemento disparador."
"Me valí de tradiciones poco conocidas, urbanas, familiares, recogidas en forma personal. También me documenté, revisé diarios y revistas, vi gente. Y traté de abarcar distintas zonas de nuestro país y distintas épocas."
"Los cuentos tienen el tono del lenguaje oral, de historia contada junto al fuego, con sus giros, refranes, modismos, repeticiones. Pero no es que me lo haya propuesto: me salen así. (A mí los cuentos me suenan primero en la oreja y recién entonces puedo escribirlos)"
Graciela Cabal

El libro contiene los siguientes cuentos:

• La leyenda del yuchán
• Una historia de amor
• Las campanas de la Roseswells
• La pulpera de Santa Lucía
• Gualicho
• San Antonio, el casamentero
• La Capilla del Diablo
• El palacio encantado
• ¡Cuidado con el basilisco!
• Pobrecito, el aguará...
• Fantasmas en "El Paraíso"

(Textos extraídos de la contratapa y del interior del libro)


Visto y leído en:

La página de Zapam Zucum
https://zapamzucum.wordpress.com/2012/09/23/una-historia-de-amor/
IMAGINARIA N° 63 | LIBROS RECIBIDOS | 31 de octubre de 2001
http://www.imaginaria.com.ar/06/3/recibidos.htm

Cuento » JACINTO


El día de su cumpleaños Julieta recibió muchos regalos: una tortuga de verdad, un títere que se llamaba Perico y una maceta con una flor colorada.

Pero cuando Julieta vio a Jacinto casi se cae sentada de contenta, tanto le gustó.

–¿Quién me regaló ESTO? –gritó Julieta.

Como todos tenían la boca ocupada tocando la corneta o comiendo masitas, nadie le pudo contestar.

Jacinto le guiñó un ojo, se subió a la torta y empezó a chuparse los confites de chocolate.

–¡Esperá, Jacinto, ayudame a apagar las velas!

Entonces los chicos cantaron “que los cumplas feliz” y tomaron naranjada con pajita.

Desde ese día, Julieta y Jacinto fueron grandes amigos.


Cuando Julieta iba al Jardín de Infantes –que es un lugar muy importante– llevaba a Jacinto en el bolsillo del delantal.

Si hacía frío, Jacinto se abrigaba con las pelusas y solo asomaba la puntita de la nariz.

La gente grande no lo veía a Jacinto. Los perros y los gatos y las tortugas y los pajaritos, sí.

También lo veían algunos chicos: los que eran muy amigos de Julieta y le daban alfajores y pastillas de anís.

Casi siempre Jacinto dormía en una chinela peluda.
Pero a veces, en la mitad de la noche, Jacinto se levantaba despacito, se metía en el canasto de los juguetes y hacía un zafarrancho.


Porque Jacinto era muy travieso y desordenado: no encontraba sus zapatos ni su cepillo de dientes, dejaba las témperas destapadas, hacía orejas en los cuadernos y otras cosas muy horribles para las madres y los padres.

La mamá de Julieta nunca había visto a Jacinto y, entonces, la retaba a ella.

–¡Julieta, ese desorden en tu biblioteca!

–¡Julieta, qué vergüenza, ningún botón en el delantal!

–¡Julieta, sacales punta a tus lápices de colores!

–¡Julieta, todos los juguetes desparramados por el suelo!


Pero el gran lío se armó cuando nació el hermanito.

Santiaguito era sólo un bebé y tenía a todo el mundo corriendo de un lado al otro.

Que la mamadera, que los pañales, que las tías de Trenque Lauquen…

Un trabajo bárbaro, un verdadero loquero; la casa, patas para arriba.

Sin embargo, la familia parecía encantada. Y Julieta, también.

Jacinto no entendía mucho, pero estaba tan celoso que se llenó de manchitas.


Julieta ya no se acordaba de darle de comer a la tortuga ni de regar la flor colorada.

Y, lo peor de todo: Julieta ya no se acordaba de Jacinto.

Un día, Jacinto no aguantó más y en puntas de pie se acercó al canasto donde dormía el bebé. Se trepó y lo miró bien de cerca.

En realidad esa cosa era bastante linda, pero no merecía tanto alboroto.

A Jacinto le hubiera gustado quedarse dentro del canasto, que estaba limpio, perfumado y lleno de moños celestes.

Pero Julieta se iba a enojar.

Porque Julieta ya no lo quería como antes.

Entonces, muy rabioso, Jacinto le sacó el chupete a Santiaguito y empezó a correr y a correr.

El bebé abrió un ojo, después el otro, movió un poco la boca, otro poco, y empezó a llorar como loco.


Cuando oyeron llorar a Santiaguito: el papá se martilló un dedo, la mamá dejó caer los huevos de la tortilla, a la abuela se le escaparon tres puntos del tejido,
Julieta le regó la cabeza a la vecina de abajo.

–¡Al nene le duele la panza!

–¡Tiene sed!

–¡Tiene hambre!

–¡Tiene hambre y sed y le duele la panza!

–¡¡LLAMEMOS AL DOCTOR NICOLINI!!


Santiaguito lloraba cada vez más fuerte.

Llegó el doctor Nicolini y, como era un señor muy serio, se puso los anteojos, tosió un poco y se rascó una oreja.

Lo miró al bebé por arriba, lo miró por abajo y se rascó la otra oreja.

–¿Qué le pasa a Mi bebé? –gritaron al mismo tiempo la mamá, el papá, Julieta y la abuela.

–A este nene…

–¿Sííííííííííí?

–A este nene… le falta el chupete.


–¡LE FALTA EL CHUPETE! ¡LE FALTA EL CHUPETE!

El papá, la mamá, Julieta, la abuela y algunos vecinos corrieron a la farmacia de la esquina a comprar chupetes.

Y, como se fueron todos, el bebé se quedó solo, llorando y llorando.

Bueno, solo no: con Jacinto, que entonces salió de su escondite y le puso el chupete en la boca.

Santiaguito paró de llorar y lo miró a Jacinto.

Y le hizo una risita.

Y le agarró el dedo.

–Soltame, bebé, que estoy muy apurado. Tengo que preparar mi valija. Como nadie me quiere, me voy de esta casa para siempre. Soltame, te digo…

Pero Santiaguito le hacía más risitas y no lo soltaba nada.

En eso llegaron todos: el papá, la mamá, Julieta, la abuela y los vecinos, cada uno con su chupete en la mano.

–¡Oh!¡Oh!¡Oh! ¡Miren a Santiaguito con su chupete! –dijo el papá–. ¡Oh!¡Oh!¡Oh! Y me ha sonreído a MÍ solo.

–¡A MÍ me sonrió! –dijo la mamá–. Ustedes son testigos. ¡Mi bebé ya ME sonríe!

Julieta no dijo nada, pero miró a Jacinto y al bebé.

Jacinto le guiñó un ojo y, calladito calladito, se fue acomodando dentro del canasto limpio, perfumado y lleno de moños celestes.




FIN



JACINTO, Graciela Beatriz Cabal. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina (Ilustración de Martha Greiner, Col. Los Cuentos del Chiribitil), 1977. Reimpresión con ilustración de Mónica Weiss: Buenos Aires: Sudamericana, Col. Pan flauta, 1997.


Visto y leído en:

El libro de lectura del Bicentenario - Nivel Inicial (Completo) Plan Nacional de Lectura
© “Jacinto”, Graciela Cabal. © 2003, Editorial Sudamericana S.A.
Ilustraciones: Jimena Tello

http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2013/02/el-libro-de-lectura-del-bicentenario_5769.html



Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.

–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura.

Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.

–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.

¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc.

Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.

–¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...

A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito.

Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.

A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.

–¿Viste, nena? –dijo la mamá–. ¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas...¿Estás contenta?

No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado?

Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:

–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!

La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido!

Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...



FIN



“Los Reyes no se equivocan”, del libro Batata (Historias para nenes y perritos),
de Graciela Beatriz Cabal. © 1998, Editorial Sudamericana S. A.



A partir de 7 años
Sentimientos
Batata
¿Es cierto que una casa perfecta es como un aburrimiento?
¿Y que son lindas las cosas gastadas y las miguitas entre las sabanas?
¿Y qué hacen los Reyes Magos cuando ven que un nene anda medio tristón?
De estos y de otros temas apasionantes se habla en esta historia. Una historia que es para chicos. Y para grandes ¡y para perritos, claro!


Visto y leído en:

Colección: Cuento con vos
Cuentos sobre tus derechos - Ministerio de Educación. República Argentina
http://www.me.gov.ar/construccion/pdf_derechos/opinion.pdf
Bibliopeque itinerante
http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/05/cuento-los-reyes-no-se-equivocan-de.html



Rosa y José se casaron una mañana de primavera.

Rosa toda de blanco y con jazmines en el pelo.

José todo de oscuro y con un clavel en el ojal.

No tuvieron luna de miel porque eso cuesta dinero.

Pero el día del casamiento fueron al cine y después a una pizzería.

Y se sentían muy pero muy felices.

José trabajaba en una fábrica importante. Para llegar a la fábrica tenía que tomar un tren y un colectivo.

Rosa no trabajaba. Bueno, era ama de casa: hacía la comida, limpiaba, planchaba y atendía su lindísimo jardincito.

Rosa se levantaba antes que José para prepararle el mate, y se acostaba después que José, para dejarle la ropa lista sobre una silla.

Rosa y José se pasaban esperando los sábados y los domingos.

Los sábados José arreglaba los enchufes, las cerraduras y todas esas cosas que se desarreglan en las casas.

Los sábados Rosa hacía pastafrola y amasaba los tallarines para el día siguiente (a José le caían como piedra las pastas compradas). Claro, también limpiaba, planchaba y atendía su lindísimo jardincito.

Los domingos José la pasaba en la cama (sólo se levantaba para comer), un poco porque estaba reventado de toda la semana y otro poco porque la mamá de Rosa mucho no le simpatizaba.

Los domingos Rosa se levantaba antes que nunca, porque era día de visitas. Y a ella le encantaba que su mamá -y sobre todo su suegra- le dijeran cosas como:

"¡Qué ricos están los tallarines! ¡Nada que ver con los comprados!"

O si no:

"¿Cómo hacés para que te crezcan así las dalias? ¡A mí no me vienen tan arrepolladas!".

Lo que a Rosa le ponía intranquila era cuando, a la hora del mate y la pastafrola, su mamá, y sobre todo su suegra, empezaban a mirarla fijo y de repente le preguntaban:

"¿Y los hijos, nena? ¿Qué esperan para los hijos?"

Un día a Rosa le pareció que estaba embarazada. Entonces fue al hospital y el médico le dijo que sí, que estaba nomás.

El sábado siguiente, para festejar, Rosa y José fueron al cine y después a una pizzería.

Y se sintieron muy pero muy felices.

Rosa quería una nena:

"Una nena para ponerle los aritos y los zoquetes con puntillas. Una nena que me ayude un poco en la cocina..."

José quería un varón:

"Un varón, para jugar a la pelota y mirar las peleas por la tele. Un varón que me ayude un poco con los enchufes y las cerraduras..."

La panza de Rosa crecía y crecía. Por demás crecía.

-¡Pero señora! -la retaba el médico-. ¿Cómo es que usted viene con semejante panza?

-Y... -decía Rosa, confundida-. Yo qué sé...

Un día el médico la revisó mucho a Rosa y entonces le dio la gran noticia:

-Mi querida señora -le dijo sacándose los anteojos-, usted no va a tener un hijo -acá el médico hizo un silencio, sacó el pañuelo y tosió con energía, porque a él le gustaba impresionar a las mujeres-. ¡Usted va a tener dos...!

A Rosa el corazón se le subió hasta la boca y después le volvió a bajar.

Y salió del hospital sacando la panza afuera, para que se notara bien cuánta panza tenía.

José se puso tan contento pero tan contento que ese domingo, cuando llegó la mamá de Rosa, le dio un beso en cada cachete y la convidó con vermú y aceitunas.

"Dos nenas", decía Rosa, "para ponerles los aritos y los zoquetes con puntilla. Dos nenas que me ayuden un poco en la cocina..."

"Dos varones", decía José, "para jugar a la pelota y mirar las peleas por la tele. Dos varones que me ayuden un poco con los enchufes y las cerraduras..."

Y nacieron los mellizos: una nena y un varón.

José le regaló a Rosa una caja de bombones finos y un enanito de jardín.

Las abuelas se encargaron de los pañales porque ellas eran de regalar cosas prácticas.

"Se llamará Rosa, como la madre", dijo José mirando a la nena.

"Se llamará José, como el padre", dijo Rosa mirando el varón.

A la nena la vistieron de rosado, le abrieron las orejas con aritos de perla y le regalaron una muñeca rubia.

Al varón lo vistieron de celeste, lo pelaron bien peladito y le regalaron una pelota blanda.

El tiempo fue pasando.

Rosa y José estaban orgullosos de sus hijos que crecían sanos y cachetudos.
José ahora se levantaba antes, para ahorrarse el colectivo.

Rosa también se levantaba antes, para prepararle el mate a José y ocuparse de los mellizos.

En la casa había más trabajo y menos dinero.

José empezó a hacer changas por el barrio, los sábados y los domingos.

Rosa se puso a plantar tomates y rabanitos y radicheta en un rincón del jardín, y a tejer para afuera.

Cada vez resultaba más difícil ir al cine.

Y la pizza la hacía Rosa en casa. Pero no era lo mismo.

El día que los mellizos cumplieron los nueve un montón de chicos del barrio fueron a la casa.

También fueron las abuelas: cada abuela con una torta.

Una torta de color rosa y en forma de corazón, con sus flores de azúcar.

Una torta de color celeste y en forma de cancha de fútbol, con su arco y sus jugadores y su pelota de chocolate.

Los chicos tomaron naranjada. Los grandes tomaron cerveza. Y todos aplaudieron como locos cuando Rosita y Pepito apagaron las velas.

En ese momento Rosa y José pensaron que habían tenido mucha suerte en la vida.

Y se miraron.

Pero no se dijeron nada porque ellos no eran de hablar.

Una noche José llegó furioso a la casa. Y se fue a dormir sin comer (y eso que había puchero con garbanzos y todo).

Rosa dijo: "No molesten al padre. Algo le pasó".

Y no se animó a preguntar porque tuvo miedo.

Al otro día José se quedó en la cama. Y Rosa le llevó el mate en bandeja, como si fuera domingo.

Entonces José le dijo a Rosa que la fábrica había cerrado. Y Rosa se puso a llorar.

José también hubiera llorado, pero se acordó eso de que los hombres no lloran.

-Está frío el mate -dijo José-. Es la primera vez que me das un mate frío.

A la hora de la cena, José dijo que, mientras él no consiguiera trabajo fijo, iban a vivir de changas. Y que había que dejarse de lujos y de macanas.

-¿Qué lujos? Si nosotros... -empezó a decir Pepito.

Pero Rosa lo miró al hijo con cara de decir que a ver si cerraba el pico, ¿o no lo veía a su padre, lo mal que estaba?

Hubo un silencio.

Entonces Rosa dijo que bueno, que estaba bien, pero que a lo mejor ella podía conseguirse algún trabajo.

José la miró serio.

-Escuchame bien, Rosa -le dijo-. Acá el único que trae el pan a la mesa soy yo. ¿Te quedó claro?

Y después agregó, con una risita fea.

-Además, Rosa... ¿Me querés explicar de qué vas a trabajar vos? Si no sabés hacer nada... Ja...

Hubo otro silencio, largo.

Entonces Rosa se levantó, sacó del horno las manzanas que había preparado de postre, las roció con el caramelo que estaba en el fondo de la fuente, abrió la heladera, sacó el tarro de dulce de leche, puso una cucharada bien gorda arriba de cada manzana, y después, con mucho cuidado para que no se desarmaran, las fue tirando una por una al tacho de la basura.

-Algunas cosas sí que sé hacer...-dijo Rosa-. Además, con probar...

Rosa le encargó a la nena que se ocupara de la comida de la noche. Al fin y al cabo ya era casi una mujercita.

Y José le encargó al varón que se ocupara de arreglar los enchufes y las cerraduras y esas cosas que los varones arreglan en las casas. Al fin y al cabo ya era casi un hombre.

Así fue.

La primera noche el menú resultó un verdadero misterio.

Se trataba de algo pastoso y agrio, pero nunca se supo qué (Rosita sabía, claro), porque, además, comieron a la luz de la vela.

-Yo solamente quise arreglar el velador -dijo Pepito, de lo más llovido-, y de repente ¡plaf!, nos quedamos a oscuras.

La segunda noche comieron -es un decir- milanesas con puré. Negras por fuera y crudas por adentro salieron las milanesas, y el puré parecía agua de charco.

Lo peor fue que, para comer, hubo que entrar por la ventana.

-Yo lo único que quise fue arreglar la cerradura -dijo Pepito muy mortificado-, y no sé, algo ¡cric!, se me atrancó.

Rosa y José se pusieron nerviosos, muy nerviosos.

José gritó que todo esto pasaba porque la madre no estaba en la casa.

"¡Y cuando una madre no está en la casa...!"

Rosa gritó que la madre no estaba en la casa porque el padre no tenía trabajo fijo.
"¡Y cuando un padre no tiene trabajo fijo...!"

Los chicos no dijeron nada pero pensaron que era culpa de ellos. Y como tenían ganas de llorar, lloraron. (Pepito también lloró, porque no se acordaba bien eso de que los hombres no lloran.)

Todos se fueron a dormir con la panza vacía y el corazón hecho un trapo.

Es que el hambre pone mal a la gente. Sobre todo cuando escasea el trabajo y las luces no encienden y las puertas no abren y etcétera, etcétera.

Al día siguiente, sin mirarse ni dirigirse la palabra, Rosa y José salieron por la ventana, lo que no dejaba de tener su gracia, especialmente para los vecinos.

Los chicos pensaban que la cosa se venía negra.

Entonces, como pasa cuando las cosas se vienen negras, tuvieron una idea brillante.

Esa noche la cena fue espléndida: guiso para chuparse los dedos y arroz con leche.

(Rosa y José felicitaron a Rosita.)

Además: ¡qué bueno era entrar y salir por la puerta, que no sólo estaba arreglada sino que no hacía ese horrible chirrido de siempre! ¡Y qué maravilla era apretar un botón o mover una perilla y que las luces se encendieran y se apagaran a gusto!.

(Rosa y José felicitaron a Pepito.)

Habían llegado a lo mejor del guiso, cuando Rosa, que se revolvía inquieta en la silla, dijo que tenía una gran novedad.

(Con la cuchara en el aire, José y los chicos la miraron a Rosa.)

Le ofrecían trabajo en el vivero de doña Asunta, siguió Rosa. Y ella había dicho que sí.

(Con la cuchara en el aire, Rosa y los chicos lo miraron a José.)

-¿Y fuiste capaz de decir que sí? -gritó José.

-¡Fui capaz de decir que sí! -gritó Rosa.

-¿Sin consultar ni nada? -gritó José.

-¡Sin consultar ni nada! ¿Por? -gritó Rosa.

Esta vez hubo un silencio tan largo que daba miedo.

Hasta que, después de un rato, José dijo:

-Pero mirá vos, la señora...

Y hundió la cuchara en el guiso, porque tampoco era cuestión de dejarlo enfriar.

Y fue recién por la mitad del arroz con leche, cuando volvió a hacerse oír:

-No, si ahora va a resultar que soy un inútil...

Entonces Rosa se acercó a José, le dio un beso, y le dijo que no se pusiera mal, que ya se iban a arreglar entre todos. Lo más bien se iban a arreglar.

-¿No es cierto, chicos?

Y no agregó que a ella le encantaba la idea de trabajar en un vivero, porque le dio una especie de vergüenza. Pero ya lo iba a decir... Seguro que lo iba a decir...

Sin hablar los cuatro terminaron su arroz con leche. Y pasaron el pancito hasta dejar el plato brillante, como era costumbre en la familia.

Y entonces Rosa se levantó para traer el mate.

Y José se levantó para prender la tele y, de paso, revolverle la cabeza a la hija.

-Rosita, te juro -y José pensó que, en momentos así, nada mejor que un buen chiste-: después de esta comida... ¡ya te podés casar! ¡Ja!

Pero Rosita lo miró seria al padre.

-No papá. La comida la preparó mi hermano. Yo solamente arreglé los enchufes y las cerraduras...

Rosa y José abrieron los ojos y se miraron, con cara de decir "¿qué disparates anda diciendo esta chica?".

Y después lo miraron al varón, que se encogió de hombros con cara de decir: "¿a mí por qué me miran?".

Y después la miraron a la nena, que torcía la boca con cara de decir: “¿y yo qué hice ahora?". Entonces Rosa, que era muy tentada, se largó a reír.

Y tanto se río que el agua del mate se le escapó por la nariz.

Y de verla tentada a Rosa se tentaron los chicos. Y hasta José se tentó, aunque todavía estaba un poco triste, bastante molesto y completamente confundido.

El sábado siguiente, con un adelanto que pidió Rosa en el vivero y un poco que las abuelas guardaban por cualquier desgracia, los cuatro se fueron al cine.

Y después a comer pizza en una pizzería.

Cierto que a Pepito le salía más rica. Pero no era lo mismo.



FIN



Historieta de amor, Graciela Cabal, ilustrado por Mónica Weiss,
Colección Pan Flauta, Editorial Sudamericana



Visto y leído en:

La página de Zapam Zucum
https://zapamzucum.wordpress.com/2013/01/26/historieta-de-amor/
EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-cabal.html

Cuento » PAPANUEL


Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal, pero sólo para las Navidades. Y esto por dos razones.

Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardosos chicos -tres nenas de nueve, seis y cinco años y un varón de cuatro- armaban un Pesebre que ni les cuento en el patio con techito de la casa.

Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio, antes de dar las doce, vestido de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos).

Lindo era el Pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que la abuela lo había ido armando desde el día en que su padrino le regaló una Virgen, un San José y un niño Dios con ojitos de vidrio. (La Virgen y San José eran mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no se puede andar con tantas pretensiones.)

El Pesebre fue creciendo junto con la abuela.

Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía un montón de piezas: 195, sin contar los ocho pastorcitos y las cuatro ovejas que, en un descuido imperdonable, se había comido Lilí, la perra del vecino.

Los aguafiestas que nunca faltan -tampoco en San Cristóbal- decían que el Pesebre de los Cardoso era una mezcolanza espantosa, y que dónde se había visto un Pesebre con gauchos, indios, buzos y espejos con patitos. Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de Papá Noel del señor Cardoso, además de quedarle corto y ancho, era un remiendo vivo.
Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas aburridas que piensan: “¡Yo no sé quién habrá inventado las fiestas!” y se van adormir antes de que suenen las campanas.

¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?

Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en “El oso mimoso”, la juguetería de Constitución.

Bueno..., de Papá Noel trabajaba para las Navidades. El resto del año hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar paquetes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones... Y bien contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarles a los hijos alguno que otro juguetito en Nochebuena.

Pero este año las cosas venían mal.

-No hay ventas, Cardoso -había dicho el patrón-. Así que vaya olvidándose de los juguetes para los hijos, que yo no soy Papá Noel, ¿sabe?

Y llegó, por fin, la Nochebuena.

La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta, para que los vecinos pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su estrella en la punta; el famoso Pesebre, debajo del techito del patio.

También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego, las copas rojas, el fuentón de los huevos rellenos y el pollo cortado finiiiiiiito, cosa que alcanzara.

Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear: los Cardoso. Todos menos el papá. Y a la mamá le entró una inquietud que se le alojó en la panza. (Sí, también podía tratarse de hambre.)

Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció. Con un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡Papá Noel!

-¡Ah! ¡Oh! gritaron todos impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a esconderse detrás de la abuela.

-Es papá, bobito -dijo la de nueve.

-¡No es papá! ¡Es “Papanuel”! -berreó el de cuatro.

Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a repartir: una cajita de música y un libro de cuentos por aquí, un trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también un barrilete de cola larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco de vela y unas acuarelas en caja de lata...!

-¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? -se animó la abuela.

-Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de caracoles, un mate con bombilla y en la bombilla un escudo...

-¡¡CARDOSO!! –tronó la madre hecha una furia -. ¿¿A QUIÉN LE..?? ¿¿DE DÓNDE...??

Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el Pesebre.

Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de gustarle, se puso a buscar en la bolsa. Busca que te busca, busca que te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con su trineo lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados.

Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el Pesebre, entre un indio sioux y un San Martín de caballo blanco.

Ahora sí, se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo y en los ojos, levantó la mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo de reaccionar.

Pero al rato nomás volvió. Lo único que, esta vez, tenía el traje de antes: corto, ancho, remendado.

-¡Papi, ése es mi papi! -dijo chocho el de cuatro.

-¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso!-protestó la mamá por lo bajo mientras se abrochaba el collar de caracoles-.Aunque, mejor, primero comamos los huevos, que se hizo tardísimo.

El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había sido el de los regalos maravillosos.

Y bueno... Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel.




FIN


“Papanuel”, de Graciela B. Cabal. Ilust. por Horacio Gatto.
Editorial: Sudamericana, 2003



Visto y leído en:

habíaunaveztruz, de Lorena Udler
https://udlerlorena.wordpress.com/2016/12/25/papanuel-de-graciela-cabal-una-historia-bella-de-la-mano-de-una-gran-escritora-comprometida-con-las-infancias/

Cuento » MIEDO


Había una vez un chico que tenía miedo.

Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.

Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.

Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.

Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico.

Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).

Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:

—¡Basta de andar teniendo miedo, vos! —le dijo—. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!

Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:

—¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!

El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.

Mucho miedo seguía teniendo ese chico.

Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.

Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.

El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro.

Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.

Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.

La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.

—No es de nadie —dijo el chico— ¿Lo llevamos?

—No —dijo la mamá.

—Sí —dijo el chico—. Lo llevamos.

En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.

Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.

Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.



FIN



Miedo. Buenos Aires: Sudamericana, 1997.
(Ilust. Nora Hilb, Colección: Los caminadores)



Visto y leído en:

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-cabal.html
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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